Con la muerte de Robert Baratheon, el trono de hierro ha caído en manos de los Lannister. Cersei pone la corona sobre su cruel hijo bastardo iniciando una rebelión conocida como la guerra de los cinco reyes. Guerra en la que Ravenna trata de mantene...
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EL FUERTE GRAZNIDO DEL CUERVO ALERTÓ AEIRA, QUIEN DESESPERADA BUSCÓ LA CAUSA DEL SONIDO. Bajó su arco siguiendo el curso del ave hasta perderlo de vista en la ventana del maestre.
Odiaba a los malditos cuervos recordando que ellos habían llegado con el mensaje de la muerte de su padre. Quería lanzar las flechas y matar a cada uno de ellos, pero sabía que eran de gran importancia para su hermano como nuevo señor del Bastión de Tormentas.
— Debes tener los dedos entumidos de tanto tensar las cuerdas. —mencionó Bronson sentado en lo alto del árbol.
— ¿No tienes otra cosa que hacer, cuervo? —apretó los dientes con evidente molestia y soltó la flecha—. Ve a molestar a otra parte, odio los cuervos.
— Solo deseaba darte algo que encontré en uno de mis viajes. —se deslizó entre las ramas cayendo sin hacer ruido.
Eira se giró con fastidio encontrando al joven con ciertas rosas en sus manos. Sonreía ampliamente observando el rostro de la niña.
— ¿Ese es vuestro estupendo regalo? —alzó una ceja—. Es ridículo.
La soledad volvía a Eira más despiadada. Aún cuando apenas era una niña, su corazón ya estaba lleno de odio hacia los Lannister, exceptuando a su madre.
Bronson suspiró tristemente y dejó caer las flores. Era estúpido pensar que podría casarse con Eira, ella era una hermosa dama y él un sirviente. No tenía nada que ofrecerle, salvo historias de sus grandes aventuras para conseguir información.
— ¿Se encuentra vuestra madre? —cuestionó avergonzado pir el rechazo de la doncella.
— No, se marchó anoche, creí que lo sabías. —murmuró amargamente—. Al parecer quiere salvar a su hermano e intenta negociar con Lady Catelyn.
Eira se giró mirándolo sin parpadear, Bronson se sintió intimidado y no pudo evitar dejarlo en claro al removerse incómodo y carraspear con fuerza.
— Silencio. —susurró dejando el arco en el suelo con lentitud—. ¿Escuchas eso?
Bronson guardo silencio y trató de agudizar su oído hasta percibir el galope de los caballos contra la tierra. Se escuchaban cerca. De inmediato brincó colgándose de una de las ramas de los árboles, Eira no tardó en imitar su acción.
— ¿Puedes ver el estandarte? —cuestionó achinando sus ojos en un intento por divisar el emblema del ejército que se acercaba a toda prisa.
— Es un corazón en llamas. —susurró horrorizado—. Es de vuestro tío Stannis. ¡Siete infiernos! Algo malo sucedió.
— ¿A qué te refieres?
— Debemos irnos. —se apresuró a bajar y ofreció su mano en ayuda, pero el orgullo de la niña era enorme y declinó bajando por su propia cuenta—. De inmediato, están cerca.
Ambos corrieron apresurados por todo el campo de entrenamiento con la intención de llegar antes que los hombres de Stannis. Estaban seguros que saquearían el torreón llevándose todo lo que pudieran, además, Eira ya había tenido oportunidad de conocer a Stannis y sabía que nada podría detenerlo en su anhelo por el trono de hierro. Solo la muerte.
— No lo vamos a lograr. —sollozó ante las descabelladas ideas que cruzaban por su mente. Su madre y hermano estaban allá afuera y Arthur, su otro hermano estaba indefenso en la torre, sin saber lo que sucedía—. ¡Vete!
— No voy a dejarla. —negó tomándola de la mano para ayudarla a ponerse de pie.
— Vete Bronson, saca a mi hermano de este lugar, ve, busca a mi madre y a Athos. Yo sabré salir de esto, no olvides quien soy. Soy Eira de la casa Baratheon y nuestra es la furia.
Bronson asintió muy a su pesar. Sus ojos brillaban a causa de las lágrimas que avecinaban por salir. Él quería a la pequeña joven y le dolía no poder llevarla con él, pero confiaba en ella. Eira no era la típica doncella en peligro, ella se había ganado el apodo de dama salvaje y sabía muy bien que saldría viva del asedio.
— ¡Vete!
Los caballos y sus jinetes perpetraron las puertas del Torreón, todos llevaban en alto sus espadas y en el pecho dibujado un corazón en llamas. Eira los miró pasar junto a ella, las ráfagas de viento movieron su cabello y el galope de los caballos la salpicaron de lodo. Miró a ambos lados sin saber que hacer, en su mano apretaba la espada. Tenía miedo, pero no lo dejaba notar, ni siquiera cuando el caballo de su tío Stannis se paró frente a ella y él la miró con una sonrisa.
— Hola pequeña. —habló y con la mirada le ordenó a sus hombres apresarla.
Eira no se dejó, desenfundó su espada y luchó contra los soldados que la rodearon. Enterró el filo en cada hombre, la sangre salpicó su rostro y las manos le dolieron por la fuerza que ejercía sobre el acero, pero no le importó. Gritó y descargó su furia en el enemigo, iba a matar a los que pudiera hasta que su hermano se encontrara lo suficientemente lejos de Stannis.
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Eira abrió sus ojos verdes y miró los rayos de sol impactar en su rostro, inmediatamente cerró sus ojos y apartó la mirada. Descubrió que se encontraba atada y era transportada en una carreta con barriles vino. Stannis observó sus gestos recordando a la joven rubia de dieciséis años que lo enamoró.
— Vuestra madre era demasiado hermosa cuando fue joven, no es que no lo siga siendo, pero sus facciones maduraron. Ya no conserva sus sonrosadas mejillas, ni la dulzura de su mirada, ya no sonríe juguetona ni te mira a través de sus pestañas. —contó con una voz de ensoñación y la mirada perdida en el campo—. Rhaegar le dio todos esos rasgos y también se los arrebató. Su mirada se ensombreció, sus esmeraldas dejaron de brillar, su sonrisa se volvió más burlona y perdió el carmín de sus mejillas. En cambio, debajo de sus ojos se formaron manchas negras por el desvelo. Un desvelo gracias a las pesadillas en las que despertaba en vuelta en llanto. —su voz comenzó a endurecerse y Eira tuvo miedo—. Mi tonto hermano trató de consolarla, pero no sirvió, creyó que ella había dejado su pesado atrás para formar una linda familia a su lado. Sí, le dio dos hijos, pero no lo amo. Ravenna no es el tipo de mujer que ama dos veces, es como todos los Lannister, una fiera indomable que protege a los suyos con garras y dientes.
— La amaba. —susurró después de comprender el motivo de la plática—. Usted se enamoró de mi madre, quería que ella lo escogiera a usted. Sin embargo, aún con el corazón herido, ella seguía siendo demasiado astuta y por eso prefirió a mi padre.
— Su más grande error. Yo sigo aquí, a punto de tomar lo que me pertenece, mientras ella es mi prisionera. Fue una tonta. —rió deteniéndose al pie del muelle, en donde esperaban los barcos—. Ahora veremos lo que es capaz de hacer Cersei cuando sepa que tenga a su hermana en mis manos.