ᴄʜᴀᴘᴛᴇʀ ғᴏʀᴛʏ ɴɪɴᴇ

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Desembarco del Rey

LA TENSIÓN DE AQUELLA NOCHE PODÍA CORTARSE CON UNA DAGA O QUIZÁS TAN SOLO CON RESPIRAR. Daenerys descansaba su cabeza sobre uno de los pilares que decoraban la habitación, de pie y cruzada de brazos, pensando en sus enemigos, mientras que Aemon la miraba de reojo intentando saber que absurdos pensamientos le generaban inconformidad. Jon, por otro lado estaba distante, apartado de ellos.

— Me traicionó. —siseó con la voz ronca por las lágrimas que contenía—. Ahora todos lo saben.

— Ya da igual. —murmuró Jon sin prestar atención, la situación lo tenía agobiado. Siempre había seguido sus instintos, siendo firme a la honestidad.

— ¿Has dicho que da igual? —giró violentamente—. Por supuesto que para algunos resuelta muy alentadora la noticia.


Aemon cerró sus ojos cansado y pasó sus manos por la cara con frustración. Había estado escuchando las discusiones toda la tarde y estaba exhausto de oír lo mismo, palabras repetitivas que comenzaban a aburrirlo.

— ¡Basta! —explotó poniéndose de pie—. Siete infiernos, quieren callarse por una maldita vez, todos pelean por algo que ni siquiera tenemos aún, porque déjenme recordarles que Cersei sigue siendo la reina y ocupando el trono de hierro.

— No por mucho tiempo. —la joven se acercó a la mesa de piedra que tenía dibujado el mapa de Poniente. — Voy a darle a mis enemigos lo que se merecen, empezando por Varys. Lo quemaré para enseñarle a todos lo que le pasa a quienes me traicionan.

Aemon rió amargamente—. ¿Quieres respeto o miedo? Porque claramente solo tendrás una de ellas después de lo que harás.

Cada poro de su piel exhalaba enojo. De pie y con esa mirada se veía intimidante, parecía otra persona, con ojos violetas oscuros y una mandíbula apretada.

— El miedo no es respeto, de ninguna manera, porque cuando una persona se cansa del miedo se levanta. Lo he visto a través de los años.

Y claro que Daenerys pudo comprender mejor desde ese punto de vista. Ella misma lo había vivido. Toda su juventud siendo golpeada por Viserys, hasta que se cansó del miedo, se armó de valor y lo enfrentó, dándose cuenta de lo minúsculo que era su hermano.

— Matando a Varys no solucionarás nada. —repitió más calmado—. No es correcto. —miró a la joven que tenía delante de él, destruida y llena de miedo—. Cuando me enteré de las maravillas que Daenerys Targaryen hacía del otro lado del mar comencé a sentir admiración por ella. No la conocía, en lo absoluto, pero sentía que era buena, merecía darle una oportunidad después de las historias que se contaban y como libraba a los esclavos de tiranos. —intentó razonar con ella—. No dejes que destruyan esa imagen tuya que tanto te costó construir. No dejes que te arrastren a su fracaso.

— ¿Y qué sugieres? —se serenó, comprendiendo que él tenía razón—. ¿Qué puedo hacer? Lo he perdido todo. Mis hijos, mis dos preciados dragones están muertos, Jorah no está, tampoco Missandei.

— Entonces gana esta última batalla. —sonrió tomándola de los hombros—. Somos los últimos Targaryen, pero somos diferentes a ellos. Esta en nosotros demostrar que haremos un cambio, que merecemos otra oportunidad para dejar el mundo mil veces mejor de como lo encontramos.

Aemon la miró esperando alguna respuesta por parte de ella y cuando asintió sonrió acercándola a él para darle un abrazo.

Habían pasado la noche planeando los últimos detalles del ataque a Desembarco del Rey. Daenerys se había quedado callada sintiendo que carecía de experiencia en el arte de la guerra dentro de Poniente, a diferencia de Aemon y Jon, quienes habían liderado sus ejércitos con ataques que derribaron poderosas casas. Sin embargo, Tyrion se había entrometido solo para pedirles que pararan ese ataque solo en caso de escuchar las campanas que indicaban la rendición, y a pesar de la poca confianza que aún tenían en él, los dos dragones acordaron seguir ese plan opcional en caso de que la paz estuviera de su lado.

— No hay ninguna razón para quemar todo esa ciudad hasta los cimientos. —le dijo una vez se encontraban solos—. Cuando creí que mi hermana murió por culpa de Stannis Baratheon no descansé hasta verlo muerto. Mi venganza me cegó y como consecuencia perdí al amor de mi vida. Comprendí que la venganza nunca es buena, maquinar ideas descabelladas te llevará a la ruina.

— ¿Estuviste enamorado? —susurró alzando una ceja, una suave sonrisa burlona adornaba en su rostro—. ¿Y como era?

— Todo lo opuesto a ti. —rió señalando su cabello y ojos—. Era fuerte, decidida, blandía la espada y vestía como un guerrero más. Era una bruja. En serio, lo era. Me hechizó con aquellos ojos más azules que el océano y me trajo a la vida después de que Stannis me apuñalara. —recordó el suceso—. Él me dijo que era un Targaryen, pero me rehusé a creerle a pesar de tener todas las pruebas en mi cara.

— Rhaegar no fue tan bueno como solían contarme.

— No. No lo fue. —concordó con ella, asintiendo varias veces—. Pero mi madre sigue empeñada en amarlo hasta el final de sus días. Hay veces en que me cuesta creer que haya podido afrontar su muerte y seguir adelante.

— Viserys decía que Ravenna Lannister era una bruja de cabellos rubios y ojos verdes que conquistaba a cualquier hombre que la miraba y que nuestro hermano no fue la excepción.

— Supongo que pronto será el fin de esa historia y ella dejará ir ese recuerdo. —murmuró mirando la cabeza de dragón que decoraba la pared—. Este es el final de su historia. El sol de oro y la luna de plata, el amor que nunca fue.

La multitud se amontonaba contra las puertas de la fortaleza roja

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La multitud se amontonaba contra las puertas de la fortaleza roja. Aquellas personas ingenuas creían que ahí tendrían protección, cuando la única razón por la que se encontraban ahí era porque así lo dictaba el estratégico plan de Cersei. Serían escudo contra la madre de dragones, pues creían que ella no atacaría a inocentes.

Parecía que aquel era el problema de muchos, subestimar a la joven solo por su fama de buena persona que rompía las cadenas de esclavos, pero la realidad era otra. Daenerys tenía sangre de dragón, era aguerrida y despiadada. Muchas veces lo había demostrado.

Cersei contempló su ejército a la lejanía, confiaba en sus hombres y estaba completamente segura de que vencería, creyendo haber debilitado la mente de la joven supuesta reina, sin contar con las estrategias que su hermana había llevado a cabo.

— Te lo dije. —murmuró—. Cuando los muertos hayan dejado de poblar la tierra, cuando los dragones hayan ganado la batalla en el norte, entonces nosotras moriremos.

Ravenna estaba segura de algo; ese era el final de la historia. El final del sol de oro y el último dragón. Para cuando Aemon ascendiera al trono, su misión estaría terminada.

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