Con la muerte de Robert Baratheon, el trono de hierro ha caído en manos de los Lannister. Cersei pone la corona sobre su cruel hijo bastardo iniciando una rebelión conocida como la guerra de los cinco reyes. Guerra en la que Ravenna trata de mantene...
VEÍA A LA DISTANCIA, SIN APARTARSE DE LA VENTANA SOLO POR MERO PLACER DE VER A LOS DRAGONES VOLAR HACIA DÓNDE ELLA ESTABA. Eso solo significaba una cosa; los Targaryen habían ganado la guerra y habían retomado el trono que una vez les perteneció. Ahora solo restaba descubrir quién siete infiernos se quedaría con el maldito trono de hierro.
Si creía que la idea de existir dos herederos era horrible, cuando descubrió que Daenerys no tenía planes de retroceder se arrepintió por completo. Al conocer a la joven comprobó que era igual que su hermano Rhaegar, al menos en aquello de no rendirse cuando ya no había nada que hacer.
Apretó sus manos en puños, enterrando sus uñas en las palmas de sus manos. Rhaegar era el único recuerdo que tenía el poder suficiente para atormentarla, dejarla estática y sombría ante una situación que solo indicaba más problemas.
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— Había pasado noches en vela imaginado este momento. —musitó Arya desenfundado su espada—. Había hecho una lista de personas a las que mataría y para dormir tenía que decir todos los nombres.
— Ojalá te hubiese matado aquella vez que heriste a mi hijo en Vado Rubí.
— Pero no lo hiciste. —tocó la punta filosa de aguja—. Y ese fue tu peor error. —sonrió acercándose con la parte puntiaguda apuntando a Cersei.
— No te atrevas a tocarme maldita puta. —amenazó mirando a su costado, donde la montaña se situaba. El enorme hombre avanzó y Cersei sonrió creyendo que mataría a la loba, sin embargo, pasó de largo junto a ella. Su propósito era Sandor Clegane, su hermano—. ¿Qué haces? ¡Yo soy tu reina!
— Obedezca a su reina Ser Gregor. —exigió el diminuto hombre en comparación con la montaña, quien no tardó en morir en sus manos, con el cráneo aplastado como si fuera Oberyn Martell. Cersei vio cómo el único hombre que le demostraba lealtad y devoción moría frente a sus ojos, dejándola sola frente a su verdugo.
— Planeé tu muerte una y otra vez. —sonrió deslizándose como solía hacerlo. Había aprendido a danzar gracias a Syrio Florell—. Maté a los Frey en su castillo, pero nada se va a comparar...¡con esto!
Enterró su pequeña espada en el estómago de Cersei, tomándola desprevenida y haciendo que se doblara debido al dolor. La leona dejó escapar un jadeo y miró sus manos llenarse de sangre. Su sangre.
— Siempre quise verte así, de rodillas frente a mi. —dijo arrojando a aguja lejos para proceder a desenfundar la daga de acero—. No quiero tus suplicas, ni tus lágrimas, ni tu perdón. Nada de eso me devolverá a mi padre. —apretó la daga—. Solo quiero verte muerta, solo quiero que sepas que el norte no olvida.
Tomó los mechones rubios con su mano izquierda, tirando hacia atrás para dejar su cuello expuesto. Una vez hecho esto deslizó lentamente la daga por la delgada piel de Cersei, escuchando la sangre brotar, incluso pudo sentirla a través de sus guantes de cuero; caliente y espesa.
— ¡No! —escuchó el grito detrás de ella y solo así pudo regresar al presente, dejando caer el cuerpo sin vida de la Lannister. Se alejó para admirar su cometido, viendo la garganta expuesta, derramando grandes cantidades de sangre que comenzaba a manchar el suelo, sus ojos estaban abiertos, carentes de calidez y luz.
Vio cómo Jaime Lannister se acercaba corriendo hacia su hermana, cayendo de rodillas y tomándola con dificultad mientras derramaba lágrimas e intentaba revivirla sin éxito alguno.
Desorientada avanzó a tropiezos abandonando el salón/jardín de la fortaleza roja, no sin antes cruzar miradas con Ravenna Lannister, quien bajaba las escaleras apresurada, percatándose de la situación. Arya intentó memorizar esa escena y compararla con la muerte de su padre. Había vengado al norte, a su casa.