Capítulo 25

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Apenas eran las dos de la mañana.

Hendery estaba aburrido, cambiando perezosamente las estaciones del radio en el estéreo de su Range Rover mientras leía una revista.

Bien podía conectar el Bluetooth de su teléfono para escuchar algo que sí le gustara, pero para él era mucho más gratificante escuchar una buena canción en el radio por sorpresa.

Las viejas costumbres no morían fácilmente.

La alarma sonó de repente.

Hastiado, la apagó antes de salir de la camioneta, caminar al final de la calle y escalar hasta el balcón de una de las casas para observar a un niño con el que apenas y había intercambiado palabra antes.

Demasiadas molestias, si se lo preguntaban.

Excepto que esta vez se escondió afuera de la ventana.

Había un hombre parado ahí, observando al chico dormir mientras sostenía un trago.

– Sé que tampoco te gusto mucho – suspiró, hablándole al que estaba dormido – pero no te preocupes. Ya casi cumples 18. Te daré dinero y me iré del país –

Hendery hizo una mueca.

Él de verdad no quería al muchacho. Incluso quería deshacerse de él.

Se pegó a la pared cuando el hombre se acercó a abrir el ventanal que daba salida al balcón.

El clima estaba muy frío afuera, pero no tanto como para congelar al chico si la dejaba abierta.

Entonces, se fue, dejando en paz el sueño del otro.

Por pura curiosidad, Hendery se asomó hacia adentro.

De alguna manera era emocionante estar ahí a esas horas en la habitación de un humano.

Sin reparo, entró por completo, comenzando a examinar todo lo que veía.

Había una que otra cosa vergonzosa en los cajones, pero nada de que preocuparse. Aún así, nada que él mismo tendría.

Se congeló cuando escuchó un suave golpe, pero al girarse se dio cuenta que el muchacho se había movido y tirado una almohada.

Despacio, se acercó y la levantó para dejarla de nuevo en la cama.

Ellos casi no tenían contacto con humanos. Al menos no como el clan mestizo del otro lado de la ciudad. Esa gente eran adictos a las personas.

Por curiosidad, pasó los dedos por la cama, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo de Jisung.

Luego se le ocurrió tocar su piel tibia.

La sensación le gustaba y el calor se sentía rico.

No les afectaba el frío, pero siempre lo sentían, así como la calidez, entonces era algo como un pequeño tesoro cuando tenían la oportunidad de sentir la cálida piel de algún ser vivo que no tuvieran intención de drenar.

"No es espeluznante en absoluto" pensó.

Suspiró. Bueno, de todos modos nadie iba a enterarse.

Y, por alguna razón desconocida para él, no tenía ninguna intención de devorar a Park Jisung.

Así que, sin pensarlo un segundo más, rozó con la punta de sus dedos la mano del menor que salía de la cobija.

De pronto, se nubló su visión y sus ojos se volvieron blancos.

Presenció, como si estuviera ahí, al chico, acostado en una cama. Estaba sudando y respirando apenas.

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