Miércoles...
Daban las siete de la mañana, cuando desperté, muy cómoda, boca abajo, los primeros rayos de sol, entrar por los ventanales del cuarto, y algunos pájaros cantando. Un día menos para mí farsa de matrimonio. Faltaban solo dos días y me casaría el sábado. Ahora sí que estaba más aterrada. Según Alexia y las demás, mi vestido estaría arreglado hoy, y lo de Alessandro lo arreglarían en el transcurso del día.
Al mirar al colchón inflable, encontré que él no estaba por ahí. Las mantas dobladas con la almohada, y ningún ruido en el cuarto. Me levanté, lavando mis dientes, y oyendo su voz abajo. Al asomarme por la ventana, lo hallé hablando con otros chicos, mirando un traje de hombre. Mi estómago dio vueltas. Me senté en el retrete cuando las piernas me fallaron.
Dios mío, me faltaba poco para casarme. No estaba lista. No para decir el sí quiero, no para verlo a él tan apuesto en un traje, no para que fingiera que me quería, cuando la realidad era que estaba sola. No para sentir sus labios en los míos otra vez. Ya iban tres veces, con las dos del día anterior mientras fingíamos dialogar en el jardín, sentados en el césped. Nos miraban de reojo. Había que disimular. No estaba lista para sentir sus labios en los míos una cuarta vez. Me temblaban las manos de solo recordarlo, y me hormigueaba todo el cuerpo de recordarlo.
¿Por qué con ningún hombre sentí esto antes? Ni siquiera con la aventurilla con Jaime. ¿Qué me estaba pasando con Alessandro?
Decidida a despejarme, busqué unos shorts y blusa en la maleta, cambiándome para salir a hacer deporte así fuese a los alrededores de Villa Lorena. Podría conocer las demás fincas y hasta despejarme con la naturaleza. Me recogí los rizos en una coleta, y me calcé los zapatos de caminata, me puse bloqueador y repelente de mosquitos. Con dos horas de ejercicio, ya olvidaría por completo este absurdo y sabría disimular mejor.
En la cocina me ayudaron a llenar mi botella con agua y luego de estirar, salí sin que nadie más se diera cuenta.
Recorrí durante hora y media los alrededores. Era difícil trotar al comienzo, por la cantidad de subidas que había hacia otras fincas. Pero cuando el terreno se aplanó, incluso tomé un desvío, caminando por mangas y senderos. Por fin pude relajarme. La idea del matrimonio no era del todo perversa. Disimular solo tres días, después volver a la normalidad de mi trabajo y al final, meses más tarde, olvidar todo este absurdo y seguir con mi vida, ya divorciada. No tenía nada a que temerle ni avergonzarme. Quizás Nat tenía razón, junto con Melly, cuando dijeron antes del engaño, que recordaría esta semana, tiempo después, con risa.
La vegetación se volvió un poco más espesa. El césped más alto y muchos árboles. Aminoré la marcha, mirando los alrededores. No era mala idea, sentarme un rato bajo un árbol, a meditar en esta pasividad. Busqué el más frondoso, cerca de un bello lago y me senté en una de las rices, cerrando mis ojos un segundo y viendo después la ciudad a lo lejos. Obviando el embrollo en el que estaba metida, este lugar era precioso. De no tener que fingir frente a los demás, hasta disfrutaría más el paseo. Conseguí relajarme lo suficiente para conectar con la naturaleza, escuchando las aves cantar, el correr del río que desembocaba en el lago que había cerca. Nada de ruido de autos ni fábricas. Respiré el aire puro.
Podría quedarme eternidades aquí.
Sin saber cuánto tiempo había pasado desde que salí de caminata, me puse de pie para marcharme. Si en algo me querían mis amigos, ya debían estar preocupados por no encontrarme en la villa. Limpié mi ropa del mugre del suelo y escuché que alguien me llamaba en la distancia.
— ¡Damaris!—era una voz de hombre.
¿Aless tal vez?
—Estoy por aquí—le respondí tambien a gritos.
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MARIDO POR ENCARGO
RomanceDamaris y su novio Pablo acaban de romper su noviazgo de tres años, y ella no puede estar más feliz al sentirse libre del baboso de su ex. Está dispuesta a tirarlo todo por la borda y comenzar de cero. Así que toma sus maletas y se va a vivir un tie...
