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Tal y como había prometido el hombre meteorológico, la lluvia se hizo presente el siguiente día. Las noticias nacionales predecían que las tormentas no cesarían hasta el fin de semanas.

La llovizna era leve y esperaban que continuase todo el día. Sarah se planteó muy seriamente no ir a trabajar. Al final decidió ponerse la ropa más cómoda que encontró. Optó por tomar un taxi a la oficina y la neblina comenzó a ocultar los edificios de la ciudad. El clima era frio, gélido. No tenía energías para nada, y para Sarah no era normal no sentirse motivada por algo.

El centro de la ciudad tenía aspecto escalofriante, una ciudad fantasma. La lluvia comenzaba a ser más demandante, las advertencias de protección civil habían sido poco claras, con una sola advertencia naranja. Quizá Sarah había ignorado ese detalle.

El bloque de oficinas de la compañía estaba igual de vacía que todo lo demás; así que Sarah se quedó en la pequeña cocina esperando mientras el café se calentaba. Ya no sabía que más hacer.

Con una taza humeante por fin entre sus manos se dirigió a su despacho, se sentó en su escritorio sin saber que más hacer. Deseó haber traído el móvil, el número de Helen estaba ahí. Ahora tenía la mente más despejada y se sentía más preparada para llamarla.

Sarah tenía miedo. Ya sabía por qué lo sentía; tenía miedo de oír el rechazo de sus propios labios. Tenerla lejos, le habían ayudado a mitigar el dolor; sencillamente, era más fácil saber que se había acabado sin tener que oírlo de su boca.

Miró por la venta, fantaseando con la idea de llamarla, deseando saber que iba hacer, con su futuro y preguntándose sí conseguiría reunir el coraje para decirle toda la verdad, sus motivaciones, sus intenciones, pero ya no tenía nada de eso.

Cerró los ojos y vio, inesperadamente, la cara fantasmagórica de Lex encendida de pasión, susurrándoles que ella era su diosa, que nunca habría nadie más. Se habían jurado confianza y fidelidad para siempre.

Nunca habían hablado de qué querían que hiciera la sobreviviente si una de las dos moría. Sabía que Lex no habría querido que se quedara sola. Esa – había sido – generosa. Así que, ... ¿Por qué se sintió desleal?

Con Patricia nunca le había pasado.

-No quiero menos a Lex. Y nunca lo haré – se dijo en su momento.

¿Acaso era posible querer a alguien tanto como ella había querido a Lex y encontrar un lugar en su corazón para Helen de un modo tan profundo y con un sentimiento tan fuerte? ¿Realmente se merecía un amor como ése dos veces en la vida?

Lo que había tenido con Lex había sido duradero y auténtico, y no deseaba dar ni recibir menos que eso. Se preguntó si podía ofrecerle a Helen un corazón intacto. Sí, probablemente. Pero creía no estar enamorada. Enamorarse de Helen sería egoísta de su parte. Helen tenía unos diez años menos que ella, y como lesbiana, era aún más joven. Al fin de cuenta, solo sería una aventura.

Resultaba evidente que Helen necesitaba sexo, pero eso sólo había sido el final de lo que habían empezado.

Estuvo muy equivocada.

Hacía las diez y media, justo cuando la lluvia empezaba a ser más fuerte, oyó el sonido de unos pasos por el corredor. Seguramente era Alfredo o Brenda, Marcos, alguien más que se deleitaría de ver el estado deplorable de Sarah.

Se oyeron más ruidos en el pasillo; al parecer, alguien idiota como ella había decidido desafiar al mal tiempo. Eran unos ruidos extraños, como si alguien estuviese metiendo libros en una caja. Se le erizaron los vellos de la nuca mientras se incorporaba y echaba a andar por el pasillo en dirección al lugar de donde procedían el ruido.

EstigmaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora