3.5[18+]

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El cuerpo atlético del pelirrojo la sofocó apasionadamente. Y no tardó en dejar fluir su voz, cuando las grandes manos volvieron a tocar sus caderas. Esta vez, deslizándose hasta llegar a sus piernas desnudas. Era una suave caricia que despertó un mar de sensaciones superiores a las que había experimentado antes. No se suponía que ella debía ser tan fácil de manejar, pero era imposible negarse a tal creciente placer.

Yagami recorrió con la punta de su lengua su sensible cuello como si estuviera dibujando sobre su piel, expandiendo el calor por todos los rincones de su ser, dominándola por completo. Las caricias parecían gustarle al punto de la locura, ella misma levantó sus manos entregando su pequeño cuerpo al tacto de ese hombre. 

Sobre la tela de la ropa, la sensación era exquisita, pero cuando los grandes dedos se hundieron en el vestido para encontrar sus puntos débiles, se dio cuenta de que no sabía nada de nada sobre sí misma. Tuvo el fuerte deseo de despojarse de toda su ropa tan solo por experimentar en todo su cuerpo, el toque suave y estimulante. Iori mismo pareció actuar sin voluntad, instintivamente descubrió su pecho y, como si el vestido fuera hecho de papel, lo desgarró y arrancó deliberadamente. Escucharla gemir tan profundamente, lo llevó a perder el control de sí mismo y quiso tocar cada parte de su cuerpo porque sabía cuánto lo estaba disfrutando.

—Abre las piernas.

Sunem tomó sus palabras como una orden y obedeció sin el menor temor, a pesar del mundo desconocido que se estaba desarrollando frente a ella, estaba avergonzada de quedar prácticamente desnuda, pero ese sentimiento pronto desapareció, ciertamente, no había espacio para ocupar la mente en nada más. 

Los labios húmedos masculinos mordieron con delicadeza la superficie de su voluptuoso y terso busto. Sí las caricias con las manos eran increíblemente alucinantes, las habilidades de Yagami con la boca no podrían ser descritas.

Entre sus piernas los largos dedos del pelirrojo resbalaban con la cantidad de fluidos que el mismo había provocado, la humedad traspasó la tela de la ropa íntima y, cuando la apartó para tocar directamente esa zona delicada, creyó que no podría continuar solo tocándola. Su erección estaba volviendo incomodo tener los pantalones abrochados; Sin embargo, con ello vino también un panorama real de la situación, porque no estaba seguro de que tan lejos se le tenía permitido llegar. Sus pensamientos se dividieron en sus deseos, incluso recordó la herida en el brazo de Sunem, consciente de que no había tenido ningún cuidado con eso.

Los movimientos que provocaban intensas sensaciones se detuvieron en un instante y Sunem abrió los ojos lentamente. Frente a ella, el rostro de Yagami estaba inundado en confusión con un poco de vergüenza. Desde luego, ella quiso preguntarle porque se había detenido, pero concluyó para sí misma que, él no estaba obligado a continuar complaciéndola. En ese momento, intentó pensar en cuanto tiempo había pasado y creyó que tal vez sobrepaso algo de lo que era inconsciente, pero en realidad, sus conclusiones internas estaban bastante lejos de la realidad.

—¿Tú en verdad quieres esto? ¿Crees que está bien hacer cosas como estas con un hombre que apenas conoces?

Sunem nunca antes había experimentado algo así, por eso no podría responder a las palabras del pelirrojo, aunque tampoco era como si Yagami fuera realmente un desconocido.

—He sido codiciosa, no pensé en cómo te sentías, lo siento mucho.

Los intensos ojos rojos ardieron en una evidente ira cuando la escuchó, porque era la segunda vez que lo provocaba, como si el único que estuviese siendo avergonzado fuera él y resultaba demasiado humillante.

—¿Por qué estás disculpándote? Voy a hacerte rogar por tu vida. No mostraré ninguna clase de piedad aún si pides que me detenga.

Apenas terminó de lanzar su sentencia, desabrochó la hebilla de su cinturón, volvió a tomar su posición y separó aún más las piernas de Sunem. Su tacto dejó de ser suave y gentil, incluso su mirada cambió, era la de alguien que está a punto de someter a quien sea que se cruzara en su camino.

Sunem apenas pudo parpadear cuando una salvaje embestida, le provocó un fuerte grito que se ahogó por sí solo. Estaba tan apretada, pero al mismo tiempo lo suficientemente humedad como para permitirle el paso hasta sus profundidades. La chica creyó que se había roto, le costó respirar y acostumbrarse al grueso y duro Yagami que tenía entre las piernas, nunca creyó que pudiera existir tal dolor mientras se experimentaba cierto placer. Hasta hacía unos momentos, simplemente se dejó llevar por la situación, recordando su advertencia: No había cavidad para la piedad.


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