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El pelinegro entró en su estancia y no tuvo que invitarme a pasar para que yo lo siguiera como un pollito tras su madre.
La casa estaba tal cual la recordaba. Bueno, no es como si en dos días fuera a cambiar demasiado.

—¿Puedo usar tu baño? —le pregunté y él, sin decir una sola palabra, se limitó a asentir.

Con una confianza que no iba con la situación avancé hasta el cuarto de baño y puse el seguro tras cerrar la blanquecina puerta.
Eché un pesado suspiro y miré mi reflejo en el espejo. Estaba algo sonrojado y la agitación que había sentido desde antes aún subsistía.

¿Cómo es que los ciclos de calor de otros omegas podían afectarme tanto?
Si iba a pasarme esto cada vez, era mejor ni acercarme a ninguno.

Al menos esta vez no había batallado con ningún alfa y sido víctima de una guerra de feromonas, lo que contribuyó a que mi situación actual fuese siete veces mejor que la anterior.

Eché otro suspiro y abrí mi mochila en busca de supresores. Por suerte, no había olvidado meterlos en mis cosas esta vez, pero eran unas pastillas asquerosamente amargas imposibles de tragar sin líquido, cosa que no tenía encima. Por lo que aproveché la linda pila de agua del lavamanos del baño para tomar la píldora, bueno, las píldoras, ya que por seguridad tomé dos.
Me eché algo de agua en la cara para refrescar y una vez me sentí más calmado, salí del cuarto.

—¿Comes pizza? Mi nevera está vacía, no hay esperanza de hacer nada decente —lo escuché preguntarme desde lo que parecía una cocina-comedor.

—Claro que como pizza, no soy un extraterrestre —resoplé acercándome.

—No, pero eres rico y los ricos tienes gustos raros —decía—. Tenía un amigo en la universidad que era rico y decía que la pizza era comida chatarra hecha para los pobres y que él tenía demasiada estética como para comer esa basura —contó.

—Pues ese amigo tuyo es un idiota —sentencié.

—Coincido —sonrió y tomó su teléfono para pedir la orden a domicilio.

Se alejó un poco y luego de cortar la llamada, volvió a hacer otra.
Apenas fui capaz de escuchar de qué iba la conversación desde donde me había sentado, pero pude llegar a notar que hablaba de trabajo o algo parecido pero muy serio, guiándome por la expresión su cara.
Cabía señalar que aquello era un cambio para el jodedor tipo al que estaba acostumbrado.
Y me pareció sexy.

Sexy...

¿¡Sexy!?

Si, bueno, era sexy, pero no era necesario señalarlo con la baba saliéndose por las comisuras de mis labios.
Antes tales pensamientos, me cuestioné mi propia salud mental.

—Estoy enloqueciendo —me convencí de que así era.

Las feromonas de Illya seguro me habían contagiado su idiotez.

—¿Sueles hacer tantas muecas como un loco hablando solo? —preguntó Aran y lo vi regresar con una cara mucho menos adusta.

Y respecto a su pregunta...
Vamos, hasta él había notado que estaba perdiendo la cordura, si es que quedaba algo de eso en mi, digo.

En todo caso solo bufé y desvié la mirada intentando lucir una estoica e inexpresiva cara. No estuve seguro de si me había salido bien, pero solo lo vi alejándose con una sonrisa en los labios.

Oh, esos delgados y húmedos labios.
Recordé cómo los había devorado la última vez y no pude evitar que inconscientemente, lamiera los míos como algún tipo de reflejo condicionado, respondiendo a mis vergonzosos y más ocultos deseos.

Parejas DestinadasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora