La curiosidad hizo que el gato se enamorase.
Ester.
Caminaba por el pasillo del tercer piso donde se llevaba acabo los partos. Tenía una rara fascinación con tomarle fotos a los bebés y a las madres embarazadas. A veces sentía que era extraño.
Además necesitaba distraerme, no tuve una buena conversación con mis padres esta mañana cuando se enteraron de lo que pasó anoche y no quiero repetirla en mi cabeza.
Me dirigí al ascensor después de tomar las fotos que quería y apreté el botón del último piso. Estaban arreglando la ventana de mi habitación y quería recorrer un poco el hospital, se veía interesante por algunas partes.
Metí las manos en mis bolsillos esperando a que bajara el ascensor y pude sentir el brazalete de la chica de cabello morado.
Así la quise llamar yo.
Había estado pensando en ella todo el día desde que me levanté, el echo de que fuera hija de mi doctora me daba algún tipo de ventaja de volver a verla, pero no quería nada fuera del otro mundo; solo ansiaba conocerla.
El ascensor se detuvo en el segundo piso y, agitado, entró un chico más o menos de mi edad, con unas muletas y una bata de hospital. Se veía que había estado corriendo.
—Hey —me saludó tocando el botón del último piso frenéticamente—. Eres el nuevo del 3-14 ¿no?
Fruncí el ceño, ¿cómo este tipo me conocía?
—No te espantes que no te acoso, después de llevar mucho tiempo aquí uno sabe quién entra y quién sale del hospital. Además soy el chico de la habitación de enfrente, y sé que eres tú porque nadie ha entrado a esa habitación por ser la más costosa y por que el ex-paciente murió allí de Disentería —me informó—. Pero tranquilo, lo desinfectaron bien.
Se abrió la puerta y a lo lejos en el pasillo se veían un grupo de personas juntas en las que pude identificar como dos guardias de seguridad y tres enfermeras. Una de ellas señaló directo a nosotros.
—¡Cavalier, regresa a tu habitación! —gritó una y todas esas personas se dirigieron al ascensor.
El chico a mi lado suspiró y me miró con premura.
—Un concejo, nuevo: nunca te comas la comida de una enfermera, se vuelven muy sensibles —exclamó antes de salir corriendo, el grupo de enfermeras yendo detrás de él.
Empecé a cuestionar el nivel de cordura de los pacientes de este hospital.
Salí del ascensor y empecé a caminar por los pasillos, tratando de buscar algo que me llamará la atención y tomarle una foto, pero hasta ahora nada. Encontré un camino que llevaba a una especie de patio/jardín que hacía contacto con la otra parte del hospital.
Y allí la ví.
Su cabello morado caía en uno de sus hombros, tenía una camisa ancha negra con una calavera en el centro, unos jeans rasgados y anchos y unos auriculares privándola de cualquier sonido.
Tenía los ojos cerrados y por la luz del sol se veía claramente las pecas en su rostro y sus labios carnosos se movían en sintonía con la música que escuchaba, pero sin salir un ruido de su boca.
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Remembranza
Genç KurguEra una vana esperanza la mía al pensar que todo lo bueno algún día iba a ser eterno. Era obvio que tenía que terminar. ¿Pero, por qué así? Habías sufrido tanto, no te dejabas querer por miedo a que un día desapareciera y terminaste desapareciendo t...
