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28| Nueva York

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JULIE

—Estas son las llaves de su habitación. —Escucho la voz de la recepcionista al otro lado del mostrador—. El desayuno es de seis a nueve y...

Dejo de prestar atención a lo que dice mientras me sumerjo en lo más profundo de mis pensamientos. Siento que las últimas horas han sido una nube borrosa que se ha deslizado frente a mí.

No voy a admitir que un par de lágrimas se acumularon en mis ojos cuando nos despedimos de todos en el rancho. He tenido suerte de que Riley se tuviera que marchar antes que nosotros, porque si no me habría convertido en una verdadera catarata por no poder pasar con ella todo el tiempo que ha estado en casa.

No sé si los demás se habrán reído de mi reacción, pero nunca he estado fuera de Texas y siento que es algo mucho más grande para mí. Sobre todo al venir a Nueva York, la ciudad en la que deseé vivir durante toda mi adolescencia.

Ha sido Ryan el que ha tenido que agarrarme de la mano y llevarme gentilmente hasta la camioneta para emprender nuestro camino hacia el aeropuerto. Casi parecía que me estaban obligando a marcharme y no que pasaría una semana en el lugar que alguna vez fue mi ciudad soñada.

Mientras volábamos estaba tan nerviosa que por poco me dejo sin uñas de tanto morderlas. Nunca había estado en un avión y creo que todos allí pudieron notarlo. Hacía crujir mis dedos de tal manera que Ryan ha tenido que inclinarse sobre el reposabrazos entre nosotros para pasar una de sus manos entre las mías e impedir que siguiera haciéndolo.

Se propuso distraerme, contándome todo lo que haríamos al llegar. Nada lo ha parado a la hora de luchar por calmarme. Me ha explicado lo que pasaría cuando aterrizáramos, también que pediríamos un taxi para ir al hotel al descansar, y que por la tarde iríamos a hablar con los padres de Marcos. 

Todo saldrá a la perfección y tendremos una semana para hacer lo que nosotros queramos en Nueva York.

Después de pasar gran parte del vuelo con mi cabeza sobre su hombro y sus brazos rodeándome, aterrizamos y tardamos menos de una hora en llegar al hotel en el que nos hospedaremos.

—Eso sería todo. —La recepcionista acaba de explicar todo lo que necesitamos saber y yo espero que Ryan haya estado escuchando sus palabras.

Ryan y yo caminamos en silencio hasta nuestra habitación, como si estuviéramos preparándonos para lo que nos espera durante el resto del día. Pasa lentamente la tarjeta sobre el lector, como si quisiera alargar el momento. Está a punto de enfrentarse a algo que lleva más de un año evitando y se nota que su cuerpo sigue confuso con la situación.

Las bisagras chirrían cuando la puerta se abre frente a nosotros y pone unas penumbrosas vistas ante nuestros ojos. Las paredes blancas se ven gastadas, pero los tonos en color azul oscuro y los detalles en madera, intentan darle un toque renovador a la habitación. 

Unos edificios de delicado ladrillo rojo se ven a través de la ventana, pero una larga cortina grisácea impide apreciarlos por completo. Los suelos son inusualmente rugosos y atesoran extraños lunares en las baldosas. Lo único que resalta son las dos camas individuales que sobresalen en el centro de la habitación. 

Ryan se acerca a una de las camas y se lanza en ella boca abajo, con sus extremidades extendidas sin cuidado sobre las sábanas. Mientras tanto, camino hacia la otra cama y me siento en la orilla, sintiendo la necesidad de seguir observando con atención el lugar en el que nos encontramos.

Creo que una parte de mí sigue sin asimilar que estoy en Nueva York.

—¿Estás preparado para esta tarde? 

Las Cinco AmapolasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora