—¡¿Qué, asesinada?!
La expresión del Emperador me demostró cuán importante era esto para él.
—¡¿Por qué no dijiste nada?! Esto es algo que debe investigarse a fondo; Antek, tu prometida incluso está curada ahora, ¿qué estabas esperando?
Las quejas llenas de esa tonalidad de auténtica preocupación hicieron que aquellas creencias que se habían establecido en mi mente, se tambalearan. Si bien era cierto que el Emperador no fue un buen padre al comienzo y lastimó mucho a su hijo, ahora parecía dispuesto a redimirse.
Se angustiaba por las dificultades que el Príncipe podría tener y también por las de sus allegados. Le costaba ser más abierto con sus emociones, probablemente por el error que cometió siendo joven; lamentando sus acciones era inevitable que se frenara a sí mismo.
Desafortunadamente, sus intentos fueron frenados por la gruesa pared de protección que Antek estableció en su corazón especialmente para su padre. Después de todo, el daño ya estaba hecho, ¿quién podría salvar ahora al pequeño príncipe prácticamente huérfano del pasado?
Decidí entonces que, aunque no ayudaría a mejorar su relación, tampoco interferiría con en los deseos del Emperador; si Antek aceptaba reconstruir su relación padre-hijo a lo que jamás fue, tal vez en ese momento le contaría lo que sabía de aquellos días, para que finalmente deje ir aquel odio que lo ha estado carcomiendo.
De igual forma, aunque tratara de ayudar, con mi comprensión de los sentimientos no estoy segura de que tan beneficioso sería para la otra parte. Por lo tanto, dejé que la idea flotara al fondo de mi mente, olvidándome de ello.
Por ahora...
—No se preocupe, Su Majestad. —agregando una leve distancia entre el castaño y yo, le expliqué al confundido gobernante—. La casa Le Vine ya conoce la identidad de quien trató de debilitarnos.
Inconscientemente, una pequeña sonrisa surgió en la comisura de mis labios al mismo tiempo que entrecerraba sutilmente los ojos.
Tan pronto como finalicé mi discurso, el aire a mi alrededor se volvió más pesado y todos guardaron silencio. El apretado agarre en mi cintura me dio una idea de la razón.
El Emperador examinó a quienes me rodeaban y, no sé el motivo, en ese breve periodo de tiempo los ojos con los que me miraba exudaron un sentimiento que no pude comprender del todo. Por un lado, parecía que estaba orgulloso y, por el otro, también un poco asustado.
Si la ambigüedad de sus emociones se debía a lo que pensaba, no podía culparlo.
Para la generación anterior, la Emperatriz era la luz del Imperio, mientras que el Emperador no era más que un lindo títere que era conveniente utilizar. Si no fuera por su maravillosa Majestad Carma, sus vidas hubieran caído en manos de los invasores o entrado nuevamente en los oscuros tiempos de guerra que con la sangre, sudor y lágrimas de sus ancestros apenas habían sido capaces de terminar hace siglos.
Nadie estaba dispuesto a ver su próspera vida caer hecha pedazos simplemente por el encaprichamiento amoroso de un gobernante incapaz, su embelesamiento no era problema del pueblo; por lo que, para ellos, Cedric no era mejor que un vagabundo que podía verse en la calle, en vez de un inalcanzable Emperador.
Si no hubiera sido por Carma, registros de una revolución no me hubieran extrañado. La extinción del Imperio Tryon guiado por el corazón de un hombre enamorado también sería un final esperado.
Por eso el Emperador estaba tan asustado ahora. Antes tuvo que esforzarse hasta sudar sangre para recuperar el respeto de sus súbditos, quienes no lo tenían en sus ojos en lo más mínimo; solo en ese instante comprendió el miedo de sus predecesores a que las mujeres llegaran al poder.
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No soy Cenicienta
Teen FictionTodos conocen el cuento de Cenicienta, ya saben esa historia sobre una niña estúpida que no sabe defenderse de su madrastra y hermanastras, y que, por ser tan amable, el cielo la recompensa con la fortuna de un príncipe. Siempre pensé que era realm...
