Capítulo 9

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Las risas pueden atraer gente y a veces no siempre traen consigo buenas noticias, después de todo la felicidad de alguien siempre es la tristeza de otro, y todos luchan por no ser el tercero en discordia.

— ¿Qué hacen? —Amira estaba del otro lado de la puerta, cruzando los brazos y mirándonos sin intención de disimular su enojo.

— Amira, cariño ¿cómo estás?

Fausto sonreía mientras veía a su hija, sin embargo no se movió de mi lado. Un escalofrío me recorrió entonces y crucé miradas con la chica.

— Estoy bien, ¿por qué no me saludaste si habías llegado? —ni siquiera miraba a su padre, me fulminaba a mí.

— Llegué ya hace unas horas y me encontré con tu hermana padeciendo una fuerte fiebre.

— Por eso la visitaste a ella primero, ya veo. —sonreía, era una leve sonrisa que atrapaba a cualquiera, pero que si mirabas detenidamente podías ver que sus ojos no mostraban sentimiento alguno.

— Sí, pero en unos minutos iba a ir contigo. —tal vez él había notado la hostilidad de su mirada, porque ya estaba a mi lado sosteniendo uno de mis hombros.

Amira levantó la barbilla casi retándome y después salió cerrando estruendosamente la puerta tras ella. Di un pequeño salto, no estaba preparada para el estrépito.

— ¿Te asustaste? —rio levemente.

— ¿De qué hablas? —me levanté de la cama—. Sólo ve, ya me siento bien.

— ¿De qué hablas? Me quedaré hasta que te quedes dormida, así que vuelve a acostarte. —dudé un poco, pero volvía sentarme en la cama.

— Bien, pero después irás con ella, te está esperando.

— Amira está sana, la que me preocupa es otra.

Me empujó a la cama sólo con su dedo en mi frente, no opuse resistencia así que fácilmente caí sobre la almohada. Tardé un poco para cerrar los ojos y aunque demoré para dormir el tiempo que tuve los ojos cerrados se sintió como segundos.

— ¿Señor Fausto? —tallé mis ojos para aclarar mi vista, me sentía mucho mejor que antes.

Por supuesto nadie me contestó, la habitación estaba vacía y yo me encontraba completamente sola, aquel hombre se había ido tras su hija como era obvio, yo le había dicho que fuera, entones ¿por qué sentía tanta irritación?

Me levanté de la cama lentamente y me dirigí a la tina quitándome las prendas, mientras el agua caía sobre el mármol blanco no pensé en nada, después entré cuidadosamente al líquido tibio y una vez sumergida hasta el cuello todos los pensamientos que intenté ahogar flotaron sobre el agua.

Cerrando mis ojos me sumergí por unos segundos, recordé mi estancia en el lago con Antek y un extraño miedo me jaló hacia afuera, no quería permanecer más tiempo bajo el agua y a pesar de no saber por qué, decidí hacerle caso a mis miedos por una vez en mi vida. Me bañé los más rápido que pude, la sensación del agua había comenzado a enfriarme, no sé si era el miedo o solo el cambio de temperatura natural.

Una vez que salí permanecí escurriendo unos segundos en la puerta del baño, al menos hasta que un escalofrío recorrió mi espalda despertándome de mi ensoñación, entonces decidí dejar de filosofar y salir a cambiarme.

Me puse unos pantalones negros altos con una camisa con volantes de manga larga, por si acaso me puse un abrigo largo negro con algunos toques dorados; parecía caro, pero Fausto me había dicho que solo le había costado unas cuantas monedas de plata así que decidí dejar de preocuparme, me coloqué unos botines negros con un tacón imperceptible y salí de la habitación.

No soy CenicientaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora