Capítulo 9: La misión.

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Minju caminaba por el largo pasillo que llevaba a la oficina de su abuelo, sus pasos resonaban en el silencio elegante de la mansión. La luz del atardecer se filtraba a través de los grandes ventanales, proyectando sombras alargadas sobre las paredes llenas de retratos de la familia. Aquella casa, imponente y antigua, era más que una residencia; era un símbolo del poder y la influencia que su familia había construido durante generaciones. El abuelo siempre le decía que no debía olvidar la responsabilidad que venía con el apellido, algo que Minju había aprendido desde joven. Pero a pesar de haber sido criado bajo esa expectativa, él nunca había sentido una verdadera conexión con los asuntos empresariales. Eran los dominios de su abuelo, no los suyos.

Hacía ya semanas que su abuelo no lo llamaba para tener una conversación más allá de los formalismos habituales, y aunque Minju lo prefería así, esa tarde algo diferente parecía flotar en el ambiente. El anciano estaba más ocupado de lo habitual, enfocado en un nuevo proyecto que absorbía todo su tiempo: la construcción de un gigantesco centro comercial para la compañía de publicidad BLING. Entre interminables reuniones con inversionistas, permisos gubernamentales y entrevistas con la prensa, el abuelo apenas tenía tiempo para dedicarle a su nieto. Minju lo sabía y no le importaba demasiado, ya que las interacciones con él solían girar en torno a un único tema: los negocios.

Al llegar a la gran puerta de caoba de la oficina, Minju se detuvo por un momento. Respiró hondo y suavemente golpeó la puerta. Era un acto más de respeto que de necesidad; sabía que su abuelo ya lo había escuchado llegar. Al entrar, se encontró con el mismo escenario de siempre: la espaciosa oficina decorada con muebles de estilo clásico, un enorme escritorio de caoba, una estantería repleta de libros antiguos y la figura imponente de su abuelo, sentado detrás de una montaña de documentos, vestido con su usual traje gris impecable.

—Señor presidente —dijo Minju, inclinándose ligeramente con una reverencia—. Me mandó a llamar.

El anciano levantó la mirada de los papeles y una leve sonrisa cruzó su rostro.

—¿Desde cuándo mi nieto tiene que ser tan formal? Siéntate, por favor —respondió el abuelo, señalando un cómodo sillón frente a su escritorio—. ¿Quieres un whisky?

Minju observó cómo su abuelo abría la pequeña vitrina junto al escritorio y sacaba una botella de whisky añejo, uno de los pocos lujos que se permitía disfrutar con frecuencia. En un tiempo, esas reuniones con su abuelo eran algo que Minju anticipaba con cierta curiosidad. Pero ahora, sabiendo que la mayoría de las veces sus charlas eran solo estrategias disfrazadas de conversaciones familiares, su entusiasmo había disminuido.

—No, gracias, abuelo —respondió, dejándose caer en el sillón—. Mañana tengo un vuelo temprano y si tomo algo de licor, William me matará.

El abuelo soltó una carcajada mientras servía un vaso para sí mismo.
—Parece que, en vez de tu amigo, es tu secretario personal —comentó, agitando el vaso con hielo.

—Bueno, se preocupa por mí —respondió Minju con un tono neutro.

—Yo también —dijo el anciano, observándolo detenidamente, Como no obtuvo respuesta, decidió ir directo al punto—. Mañana partes al internado. ¿Te sientes bien con eso?

Minju esbozó una sonrisa sarcástica.
—¿Tengo opción de no ir? —preguntó cruzando los brazos.

—No —respondió su abuelo sin rodeos, tomando un sorbo de su whisky y mirando por la ventana—. No tienes opción.

—Entonces, ¿para qué preguntas? —dijo Minju, rodando los ojos en un gesto de aburrimiento.

El abuelo soltó un suspiro pesado y se inclinó hacia el escritorio, rebuscando entre unos documentos.

Dinastía: HerederosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora