Minju salió del comedor con la misma calma y compostura que siempre lo caracterizaban, caminando sin prisa y manteniendo su expresión impasible, pero en cuanto cruzó la puerta, su paso se volvió urgente. Aunque había logrado mantener la fachada frente a los demás, su cuerpo comenzaba a traicionarlo. Las feromonas empezaban a escapar, deslizándose en el aire, imperceptibles para cualquiera, sin embargo no quería correr riesgos. Por el apuro, había olvidado tomar los supresores esa mañana.
Apretó el paso, recorriendo los pasillos en silencio, saludando brevemente a quienes pasaban, con un gesto rápido de la cabeza, pero sin detenerse. Realmente estaba irritado.
Al llegar a su habitación, cerró la puerta tras de sí con un golpe sordo, apoyándose en ella durante un segundo, respirando hondo. Se dirigió a donde guardaba los frascos con los nuevos supresores. Sus manos temblaban ligeramente cuando tomó uno de los comprimidos, llevándoselo a la boca sin pensar demasiado.
Solo cuando sintió la pastilla bajar por su garganta buscó su teléfono. Lo encendió para ver la hora, pero lo primero que apareció en la pantalla fue un mensaje nuevo.
[HOLA BUEN DÍA, CUÉNTAME POR FAVOR QUÉ TAL TE HA IDO CON LOS SÍNTOMAS]
Frunció el ceño al leerlo. “¿Por qué escribe en mayúsculas? Parece que me grita,” murmuró, sintiendo una punzada de molestia. Dejando el teléfono sobre la cama, exhaló lentamente. Ahora solo quedaba esperar a que los supresores hicieran efecto.
Minju miró su celular con expresión pensativa. Sabía que este tipo de temas era mejor tratarlos por llamada. Estaba seguro de que su abuelo sería capaz de intervenir sus mensajes si lo consideraba necesario. No tenía pruebas, pero tampoco dudas. Tras un breve suspiro, decidió marcar el número del doctor. Al cabo de unos segundos, la llamada fue atendida.
—¿Qué tal? ¿Cómo te va con el tratamiento? —La voz del doctor sonaba apresurada, y de fondo se escuchaba ruido, probablemente de su consulta o alguna reunión—. Estoy algo ocupado, sé breve.
—Me ha ido bien con el tratamiento —comenzó Minju, adoptando su tono habitual—. Hoy es mi segundo día. Ayer tomé el supresor y todo fue de maravilla.
—De acuerdo. Recuerda usar siempre la aromaterapia. Cuando se te terminen los supresores, avísame para darte la siguiente receta. La idea es ir disminuyendo su consumo poco a poco.
Minju apretó los labios antes de responder.
—Pero no puedo dejar de tomarlos. Esta mañana olvidé la dosis y por poco se activa mi celo otra vez. No fue nada extremo, pero sentía que mis feromonas estaban inestables.
—Apenas comenzaste con los nuevos supresores ayer —respondió el doctor, sin alterarse—. Es normal que tus feromonas estén inestables por el cambio de medicación. Estos contienen suplementos naturales. Tu cuerpo, que está acostumbrado a los químicos, está intentando adaptarse.
—¿Y cuánto tiempo tomará eso? —preguntó Minju con un dejo de impaciencia.
—Primero tenemos que descomprimir las feromonas que ya tienes acumuladas. ¿Has liberado feromonas como te lo indiqué?
Minju apretó la mandíbula, manteniéndose en silencio por un segundo antes de contestar.
—No puedo liberarlas.
—Tienes que hacerlo, de lo contrario los supresores no van a servirte. No puedes depender de ellos toda tu vida.
—¿Entonces para qué existen? —replicó, molesto.
—Eres un omega dominante, Minju —le recordó el doctor, su tono firme pero sin intención de discutir—. Técnicamente, no deberías usar supresores. Biológicamente, tienes mejor control sobre tus feromonas que otros.
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Dinastía: Herederos
RomanceEn un mundo donde el poder y la riqueza dictan el destino de las personas, los herederos de las dos compañías de construcción más prestigiosas del país se enfrentan en una batalla sin cuartel por un contrato que podría definir el futuro de sus imper...
