Matías, después de dejar las habitaciones del ala este, caminaba de vuelta al comedor para buscar su almuerzo, todavía alegre por su triunfo. En el trayecto, recordaba los detalles de cómo había terminado en esa situación, convencido de que la suerte estaba de su lado.
Esa mañana, Matías había comenzado su primer día como delegado de la semana, un castigo por haber llegado tarde el primer día de clases. Aunque el trabajo de delegado normalmente se limitaba a tareas relacionadas con las clases, algunos profesores solían aprovecharse de los estudiantes, tratándolos como sirvientes. Este era el caso de Matías.
Durante la mañana, uno de los profesores le había pedido que le buscara el desayuno. Sin mucha opción, fue directo al comedor. Era tarde, ya había pasado la hora del desayuno, así que se acercó directamente al chef para hacer una orden.
—El profesor me pidió milanesa con ensalada, por favor —ordenó Matías al chef del comedor.
Elian, que venía llegando también, añadió su orden:
—Pan tostado con mantequilla de maní y mermelada de fresa —hizo una pausa—. Y un jugo de fresa también.
Matías volteó a ver a Elian, quien estaba en pijama y con la camisa no completamente abotonada.
—Acomódate la camisa —le dijo Matías, volviendo a mirar al frente.
Elian lo miró de regreso y abotonó los botones que le faltaban. Un silencio incómodo se instaló entre ellos, el primero en sus vidas. Habían sido amigos desde la primaria, nunca habían peleado, ni siquiera cuando Elian se metió con la hermana de Matías. Para él, Elian era el hermano que siempre había querido tener, pero ahora las diferencias entre ellos eran evidentes.
Elian fue el primero en romper el silencio.
—Lo de ayer...
—Ayer no pasó nada —interrumpió Matías en voz baja, casi como un susurro, pero con tono amenazante.
—Me lo encontré hace un rato... —dijo Elian, bajando la mirada—. Pero no lo he visto salir de su cuarto desde entonces.
—¿Y? —Matías lo miró de nuevo, esta vez con una mirada seria, como esperando que Elian dijera algo mal para irse a los golpes.
—¿Por qué no me dijiste? —preguntó Elian, mirándolo directamente a los ojos, buscando sinceridad.
—Eso no me corresponde —replicó Matías, volviendo la vista al frente.
—Hubiera preferido que me lo dijeras —insistió Elian.
—¿Y qué cambiaba si sabías quién era? —dijo Matías, moviendo los brazos, harto de la situación—. ¡Vos no podés controlarte!
Elian no respondió. Otro silencio incómodo comenzó. El chef, que ya tenía la comida lista desde hacía unos cinco minutos, estaba sorprendido con los platos en las manos. No se había atrevido a interrumpir. Matías lo miró, quien estaba inmóvil y nervioso, y le hizo una seña para que se acercara. Tomó la bandeja con la comida mientras Elian seguía mirando fijamente a la pared, sin ni siquiera voltear a ver a Matías, que ya se iba. Matías se detuvo, se giró y le dijo:
—No te acerques a él —le advirtió con frialdad y procedió a caminar, pero la respuesta de Elian lo detuvo.
—¿Cuál es su habitación? Dejo una crema de ojos en el baño cuando me lo encontré.
—Entrégasela en clase —respondió Matías finalmente, antes de retirarse.
Al llegar al salón de clases, le entregó el desayuno al profesor y se sentó en su puesto. En el asiento de Minju estaba William, mirando al frente. Matías lo observaba cada vez que podía. William hoy estaba usando lentes, y eso le llamó la atención. Después de confirmar lo que quería ver, Matías siguió tomando notas, cuando una pequeña nota cayó en su mesa. Matías volteó en dirección a William, pero este lo ignoró. Así que abrió la nota.
ESTÁS LEYENDO
Dinastía: Herederos
RomanceEn un mundo donde el poder y la riqueza dictan el destino de las personas, los herederos de las dos compañías de construcción más prestigiosas del país se enfrentan en una batalla sin cuartel por un contrato que podría definir el futuro de sus imper...
