Un destino

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—¿Por qué no le muestras esa cara tambien a Ezra? —la mujer de Ezequiel como siempre tira todo su veneno y odio hacia a mi —Asi verá la verdadera cara de su padre.

Mis labios se elevan en una sonrisa curva pero torcida. Acaricio su mejilla y ella me aparta la mano de un golpe.

—Me gusta tu valentia y tenacidad. —viro mis ojos viendo a su marido —Pero, solo admiro la valentia de alguien y esa es mi esposa, la madre del niño que tanto quieres y al cual no volveras a ver.

—Un niño tan lindo e inteligente como Ezra no puede ser hijo de un bastardo como tú. Es impósible.

—Si no lo quieres creer puedes ver los resultados de paternidad. Pero tienes razón, incluso yo tambien me dije lo mismo cuando nació Pietro. —elevo ambas cejas al mismo tiempo mientras juego con el papel en mis manos —Creí que la desquiciada de Cristal me estaba engañando para que me casara con ella, pero resulta que este bastardo, hace muy lindos niños, ¿Qué opinas tú, Mara? —se me quiso venir encima para atacarme pero la detengo al sujetarla de los brazos, quiere retroceder cuando quiero acercarme a su cara, sus ojos me miran con nerviosismo al verme mas cerca —Si quieres, puedo hacerte mi concubina y hacerte muchos hijos asi de adorables ¿Qué dices?.

—¡¡Maldito!!

Retrocedo lleno de diversión antes de que Ezequiel me alcance, la mujer tiene las mejillas sonrojadas, enfurecen al verme mi sonrisa llena de diversión.

—Ahora, tienen una oportunidad de seguir con vida. claro, si me dicen donde esta, mi adorable esposa.

—Como si fueramos a creerte que no vas a matarnos despues de decirtelo.

—Mmm... si es una parte que aun sigo pensando. Pero, Ezequiel lo sabe, estoy siendo piadoso. Y si no me lo dicen por las buenas... lo haré por las malas y empezaré con la valiente Mara.

Muevo mis dedos y mis hombres salen para ir por la bruja que casi me quita a mi esposa e hijo. No tardan mucho en volver con ella y lo arrojan en medio de nosotros haciendo que la habitacion se sumerja en un silencio siniestro.

MARA

El silencio en la habitación, es turbio, siniestro. Los pies se me congelaron, no puedo moverme, el aire se congela a mi alrededor en el instante en que la veo. Allí, en medio de la habitación, la arrojaron sin piedad: una mujer casi esquelética, reducida a un vestigio de lo que alguna vez fue. Mi corazón se acelera, y siento cómo cada fibra de mi ser se tiñe de miedo, horror e ira. ¿quién es? ¿Cómo fue capaz de hacerle eso?

La escena me impacta brutalmente. Mi mente se niega a asimilar lo que veo: esa mujer, que alguna vez tuvo una dignidad intacta, ahora está marcada por un sufrimiento indescriptible, como si le hubieran arrebatado no solo su cuerpo, sino su esencia entera. Mi respiración se vuelve torpe, cada inhalación se siente como una punzada en el alma.

Siento una mezcla de impotencia y furia ardiente. La injusticia, el abuso, la brutalidad de ese acto me recorren como llamas incontrolables. Mis puños se aprietan instintivamente al no creer que alguien con apariencia tan... perfecta y pulcra sea tan vil y perverso, una rabia oscura hierve en mi interior, amenazando con estallar en un grito desgarrador. Es una sensación de desolación total, de ver cómo la humanidad se deshace ante tus ojos en un acto de violencia tan despiadado que parece arrancado de una pesadilla.

Cada detalle se queda grabado en mi mente, el cráneo casi expuesto, los contornos marcados por la extrema delgadez, el silencio forzado en su semblante se clava en mi mente. Es un recordatorio brutal de lo que ocurre cuando la dignidad se destruye sin compasión.

—Ella es la causante de que ahora yo no esté con mi esposa y que ustedes quisieran quitarme a mi hijo.

Mis ojos observan a la mujer desnuda, me quito la camisa de inmediato sin pensarlo y la cubro, sus ojos avellanas se asombran al verme y luego se llenan de lagrimas.

PerversiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora