Adictivo placer

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—No me retes porque si no...

—Por favor escuálida. No eres capaz de matar ni siquiera a una mosca.

—¿E–Escualida? —mi voz se eleva indignada —¿A quien le llamas escualida, pretencioso e idiota?

—A ti. —la respuesta de Alessandro es tan casual que me deja sin aliento.

Abro la boca, incredula, pero rapidamente recupero la compostura.

—¿Sabes que? Me importa un carajo lo que salga de tu asquerosa boca con aliento a ajo. —se aleja y veo que intenta sentirse su aliento para ver si le apesta a ajo —Yo soy hermosa, y me amo tal como soy. Lo que diga un baboso imbecil como tú me vale cuatro hectareas de mierda.

—Lo dices porque te duele. —su sonrisa es, casi victoriosa.

—Pues, tú tambien. —exclamo furiosa. —Y para que lo sepas, prefiero meterme un pepino en la vagina que dejar que metas tu pene en mi coño.

—¿Y eso que tiene que ver con que quiera matar a tu hermana?

Mis mejillas arden. Mi voz no sale de la vergüenza por lo que acaba de decir.

—Pues...

La sonrisa en su rostro me hace tragarme lo que iba a decir,  deja escapar una risita divertida.
—Ahora lo ves, —intenta tocar mis labios pero aparto su mano de un manotazo —Tú si quieres que yo te folle.

—Jamás, me oyes, jamás.

Su mirada se convierte en una expresion retadora que me pone los nervios de punta. Sin decir nada mas, se da media vuelta y sale de la habitacion dejandome sola con el cadaver de la mujer que habia asesinado minutos antes.

El frio de la habitacion me cala los huesos mientras miro el cuerpo inerte en el suelo. Un esclofrio me recorre la columna y mi estomago se revuelve de una forma grotescamente horrible como si quisiera vomitar. No puedo quedarme aquí ni un segundo más. Salgo corriendo, buscando a Alessandro, pero parece haberse desvanecido.

Me llevan de regreso a mi habitacion, donde me informan que no puedo salir hasta que él lo ordene.

Una sirvienta me vigila como si fuera una jodida prisionera, lo cual, tecnicamente, no estoy muy lejos de esa realidad. Intento ignorar que estoy viviendo esa maldita realidad mientras me ducho, lavando la sangre de mis pies. El agua caliente no solo limpia mi cuerpo, si no que tambien calma un poco la tension acumulada en mi mente.

Al salir, me encuentro con la sirvienta, quien coloca una bandeja de comida en la mesa.

—Debe comer señorita. —me ordena, su voz es seca pero firme.

—¿Y si no quiero? —murmuro, cruzando los brazos.

—Es una orden —responde sin ceder.

Resoplo molesta, me siento frente a la bandeja. Tomo un sorbo de la bebida que me han servido y para mi sorpresa, sabe deliciosa.

—¿Tienen mas de esto?

—Si, pero con un vaso es mas que suficiente.

¿Suficiente?. La mezquinidad me irrita, pero me guardo el comentario. Termino de comer y espero que la sirvienta se marche. Cuando por fin lo hace, el silencio de la noche me encuelve. Pero mi mente sigue fija en esa bebida. Era tan buena que no puedo resistirme. Decido ir por mas, a pesar de que sé que me estoy arriesgando.

La cocina esta abierta, pero mi adrenalina no me deja relajarme. Me sirvo otro vaso de la bebida, disfrutando del sabor mientras siento que mi cuerpo comienza a calentarse. Al principio, pienso que es el clima o el esfuerzo de esquivar guardias, pero el calor se intensifica rapidamente. Cuando tomo más de tres vasos grandes.

PerversiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora