Noble amor

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MAGNUS

Muevo mis dedos de forma errática. Mantener la calma frente a todos es algo casi imposible. Estoy ansioso, llevo dos días sin verla porque esa es la tradición de la familia, no ver a la novia durante los dos días antes de la boda.

Suelto un suspiro largo antes de que comience la música nupcial. Giro sobre mis talones y mis ojos la ubican de inmediato.

Apenas la vi, el mundo se detuvo a mi alrededor como si solo estuviésemos ella y yo.

No sé cómo describirlo sin que las palabras me parezcan pequeñas e insuficientes. Era ella... pero no como la había visto antes... ella, se diferente, es como si en verdad fuera un verdadero ángel más hermoso que nunca. Era un instante sagrado. Un suspiro eterno. Entró envuelta en una luz suave del atardecer que se filtraba por las columnas doradas, y el vestido... Dios, el vestido; parecía no ser de este mundo.

La tela marfil abrazaba su figura como si el mismo universo la hubiera vestido. El corset, bordado en hilos dorados y perlas diminutas, le daba una silueta magnifica que me quitó el aire. Cada piedra brillaba como si celebrara su existencia, y el escote en forma de corazón parecía tallado para revelarla, no solo físicamente, sino como una promesa viva de todo lo que es ella para mi, fuerza, dulzura, fuego, belleza.

Y la falda... caía con una gracia y delicadeza cada vez que daba un paso al frente, con bordados que recordaban las ramas de un árbol sagrado, como si llevara sobre sí la historia de algo más grande que nosotros. Se movía con ella, como obedeciéndola. Como rendido ante ella, igual que yo.

Pero fue el velo lo que terminó de romperme. Caía desde su cabeza a cada costado como un río de luz, transparente y suave, y enmarcaba su rostro angelical con esa delicadeza casi celestial. Dorado sobre dorado. Ella parecía una reina de otro tiempo. Una diosa bajada a la tierra sólo para mirarme con esos ojos que conozco mejor que los míos.

En ese instante, todo miedo desapareció. Toda ansiedad. Todo lo que me apretaba el pecho desde días antes, simplemente se disolvió. Lo único que existía era ella. Mi mente en blanco, el alma desnuda, y el corazón... latiendo erráticamente como si no pudiera decidir entre derretirse o estallar ante su belleza.

No supe si llorar o reír. Lo único que entendí fue esto: era real. Era ella. Éramos nosotros. Y nunca, nunca, en todos mis sueños, imaginé algo tan perfecto.

Estaba tan perdido admirando a tan bello ángel caminando hacia a mi que no me di cuenta en que momento llegó hasta mi, solo cuando la voz de su madre me llama por mi nombre es que logro despertar de mi hipnotismo.

—Cuida de mi hija, Magnus Morellacchi.

—La protegeré con mi vida mi señora, lo juro.

Su sonrisa al escuchar mis palabras mientras sus mejillas se tiñen de rojo me dieron tanta ternura que me dejó idiotizado. Ella... es perfecta.

Su madre deja caer su mano sobre la mía que la espera con ansias, sus miradas se cruzan, su madre llora sin poder contenerse.

—Tu padre... estaría feliz de verte tan hermosa cariño. —acaricia su mejilla. —Te deseo, lo mejor del mundo cariño con la elección que tomaste para ti y tu hijo.

—Te amo mamí. —la abraza. —Gracias por tus consejos.

Esta vez ella me vio a mi, entrelazó nuestras manos para todo comience. Por leves segundos nos miramos de reojo, se ve nerviosa y yo estoy peor esperando que cuando llegue el momento, no vaya a decir que no.

Y al fin llegó el momento de los votos.

—Mila. —inhalo profundo mientras le sostengo la mirada esa mirada que siempre me fascina admirar en silencio —Nunca pensé que diría esto frente a nadie. Y mucho menos con el corazón en la mano, sin un arma, sin un plan, sin una salida, pero aquí voy. —elevo la comisura izquierda de mis labios —Mi ángel, antes de ti... yo no sabía amar. Solo sabía mandar, controlar, protegerme a mí mismo sin importarme si era egoísta, cruel y despiadado. —ella tiene toda su atención sobre mi —Creía que el miedo era respeto, que el silencio era lealtad, que el amor era una debilidad, un estorbo hasta que llegaste tú... tú llegaste como un ángel rebelde testarudo sin control. —logro hacerla reír —Me desafiaste. Me hablaste sin miedo, me miraste sin bajar la cabeza. Y cada vez que lo hiciste, algo en mí se rompía... para dejar entrar algo nuevo. Algo que yo no entendía. Algo que ahora sé que era amor.

PerversiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora