MILA
Todo ocurrió en un segundo.
Un parpadeo.
Un latido.
Estábamos sonriendo. Estábamos felices. Juro que estábamos sonriendo. Aún podía sentir el calor de su mano sosteniendo la mía, su aliento cerca de mi oído, la gravedad de su mirada como una caricia que solo él sabía darme. El velo aún me caía sobre los hombros, y las flores... las flores todavía olían a promesa que pronto se comenzaron a manchar de su sangre al caerse de mis manos.
Un estallido seco. Lejano. Demasiado real. El tipo de sonido que reconocí al instante, que me devolvió a otro tiempo, a otro yo... Y sin embargo, tardé un segundo más de lo que debía. Él no...
Él se movió primero. Rápido. Instintivo. Como un escudo humano.
Y luego... cayó. Nuevamente otro estallido sonó y los gritos aumentaron y fue cuando vi a mi madre caer.
Mi madre estaba en el suelo, su cuerpo pequeño envuelto en un charco oscuro. Tenía los ojos apenas entreabiertos, como si el esfuerzo por mantenerlos vivos fuera ya una carga demasiado pesada. Su pecho subía y bajaba con lentitud agónica. Temblaba. Murmuraba algo, como si me lo ofreciera en su último aliento.
No grité. No aún. Porque mi cuerpo simplemente se congeló.
Mis hermanas corrieron en su auxilio mientras eran ordeados por los escoltas de Beatriz y Damián.
Sus ojos me miraron al caer, mi esposo. No de miedo. De certeza de que había llegado su fin. Como si siempre hubiera sabido que ese momento llegaría, y que no le importaba pagar el precio si eso significaba que yo viviría.
Cuando lo vi en el suelo...
Mi alma dejó de respirar.
La sangre brotaba. Oscura. Densa. Cruel. Se expandía bajo él como una flor maldita. Intenté arrodillarme ante él, pero mis piernas no respondían. Solo cuando vi cómo su pecho se arqueaba intentando respirar, como si cada bocanada le costara el alma, reaccioné. Me arrodillé junto a él, temblando, temblando tanto que pensé que me desvanecería antes de alcanzarlo.
—No, no, no... por favor... mírame. Mírame —le decía, con la voz rota, mientras mis manos intentaban detener lo inevitable, presionando la herida, empapándome en su sangre caliente. —Mi amor... no. ¡¡Traigan un doctor!!
Su rostro estaba pálido. Los labios ya no tenían color. Pero su mirada... su mirada seguía ahí. Aferrada a mí como si eso lo mantuviera vivo.
—No era para ti... —susurró con esfuerzo.
—¿P–Por qué lo hiciste? —le pregunté, ahogada en lágrimas.
—Porque no podía... perderte. —Su mano busca algo dentro de su saco y mis ojos se abren por completo cuando veo una pequeña daga. —Prefiero... que me mates tú... que morir por un... enemigo.
Y ahí, en ese instante, mientras los gritos resonaban alrededor, mientras los guardias corrían hasta rodearnos por completo para protegernos, yo sentí cómo el mundo se quebraba por dentro.
Como si Dios mismo hubiera decidido arrancarme el corazón por haber amado demasiado.
Como si todo lo que habíamos construido... todo lo que habíamos sobrevivido... terminara ahí, con el suelo manchado de rojo, bajo el vestido blanco, entre los restos de una promesa recién dicha.
Sus manos sostienen las mías obligándome a tomar aquella daga, mis manos tiemblan, me ahogo en mis lagrimas y me niego a eso.
Agonía.
No hay otra palabra.
No miedo, ni desesperación... agonía.
De saber que el hombre que me salvó la vida podría morir entre mis brazos.
Y yo, rota. Sucia. Temblando.
Susurrándole al oído que no se atreviera a dejarme.
Que tenía que vivir. Por mí. Por nuestros hijos. Porque lo amaba más de lo que el amor permite.
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Perversión
RomanceTraicionada por su propia familia por amar a quien no debía, huye con el corazón roto... solo para caer en una trampa mortal. Secuestrada por error y encerrada en un lugar desconocido, su única salida parece ser una puerta de hierro que oculta un se...
