Dulce posesión

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—No me digas 'mi vida' con tanta confianza, cerdo —dijo, y cada palabra era como un latigazo. —Porque seguramente estás aquí con una intención, y seguramente esa intención es que forme parte de tu orgía. Pero déjame decirte algo, yo no soy esa clase de mujer.

Mi sonrisa es aun mas divertida porque mi linda mariposa tiene muchas armas nuevas que yo quiero descubrir, definitivamente sigue siendo la misma, desafiante, ruda, una mirada que demuestra que no le teme a nada. Pero esa patada... oh no, esa patada le costará muy caro y ya tengo planes para que me pague por ello.

—¿Qué te pasa? —pregunta Beatriz.

—Nada.

Voy cogeando hacia el refri, tomo la bolsa de hielo y me lo pongo en mi entrpierna sintiendo el alivio casi instantaneo.

—Que no sabes —dice con burla Mara —La esposa le dio una buena patada mortal en los huevos.

Ambas se burlan. Las fulmino con la mirada haciendo que ahoguen sus risas. Soy paciente, y he usado mis armas para asegurarme de que el camino esté libre para nosotros en la noche.

Seguramente ella creyó que hago una orgia con Mara y Beatriz justo ahora y por eso me dio esa patada que me ha hecho pensar en ir al medico porque han pasado horas si sigue palpitandome.

La puerta se abre haciendome levantarme enseguida para tomar mi arma. Estaba por disparar cuando Mara dice que ella lo llamó.

—¿Qué parte de que solo eramos tres no entiendes mujer?.

—Jess, es un Hacker, se encargará de que podamos tener acceso a todo el hotel para que nadie salga asi como tambien podamos ver lo que pasa adentro mientras esperamos que lo mate.

—¿Y la camará?

—Ya me encargué de eso —dijo el sujeto interrumpiendonos, se deja caer sobre el Mueble y sube los pies sobre la meza cruzandolos. Su vestuario es como el de una persona pobre y desaliñado. —En cuento lleguen lo sabremos.

Ignoro lo demas e intento esperar que las horas pasen, algo que en realidad pareció eterno hasta que el Hacker entró con tranquilidad diciendo que ya empezaron. Toma una botella de agua y le pregunto hace cuanto llegaron.

—Hace media hora.

—¿Qué? —lo miro con una rabia contenida.

—Si!.. media hora o una hora. —las mujeres me miran advirtiendome que no lo haga pero estoy haciendo un gran esfuerzo por no matarlo —Lo importante es que lleguen las mujeres ¿no? Ellas apenas venian entrando al lobi.

Saca dos laptops y lo veo teclear sin despegar sus ojos de la pantalla hasta que despues de cinco minutos dice que ya somos espectadores. Le da vuelta a la pantalla y ambas mujeres se acomodan a mis costados.

—Dios!!... —exclama Mara —Esto es...

—Ni que lo digas.

No comento, mis ojos estan sobre ella y el vestido de color rojo que lleva puesto, El atuendo es llamativo y detallado, con un estilo que mezcla elementos de la moda china tradicional y la estética moderna.

Es un cheongsam (qipao) corto en terciopelo rojo, un material que aporta en ella un aire elegante y sensual haciendome imaginar muchas cosas perversas de lo que haria con ella.

Tiene un ajuste entallado, resaltando la figura de su cuerpo.

La faldat corta y demasiado tiene aberturas laterales, lo que deja ver la parte superior de los muslos mostrando mucho mejor la lencería debajo.

Sus medias... ¡dios! Medias negras de liguero, son altas y semitransparentes, sujetas con ligas. Los guantes de malla negros son largos y ajustados, cubriendo los brazos casi hasta los hombros. El material transparente deja entrever su piel dorada, complementando el estilo provocador del look.

Mis ojos no la pierden de vista y mas cuando saca un Látigo negro delgado sostenido en su mano derecha.

"Mila, mila.... Me estas tentando a entrar antes de que lo hagas"

Su cabello castaño está recogido en dos moños altos, creando un estilo juvenil y coqueto. Cada moño está adornado con accesorios de flores rojas, que combinan con el color de su vestido y aportan un toque asiático y tradicional al peinado.

Algunos mechones de cabello caen sueltos alrededor del rostro dandole ese aire a ser una chica traviesa y juguetona pero al mismo tiempo, suavizando su apariencia y dándole un aire más desenfadado gracias a esa mirada tierna pero casi felina.

Sus caderas se mueven al ritmo de la musica, la imagen en la pantalla me atrapa como un maldito hechizo, mis ojos siguiendo cada uno de sus movimientos con una devoción enfermiza. Desde esta fría distancia, soy solo un espectador, un prisionero de la cámara escondida que me ofrece un ángulo privilegiado de su danza para otro hombre privandome de lo que nunca obtuve, no de ella, ¿Qué es esto? ella deberia estar bailando para mi, que me seduzca y que no prive de poder tocarla... sentirla, pero ahora, ni siquiera tengo la posibilidad de tocarla. Y eso me consume.

Sus caderas se balancean a un compás ardiente que se graba en mi mente como un eco obsesivo y persistente. La forma en que su cuerpo se desliza con una sensualidad innata despierta algo primitivo en mí, algo oscuro y hambriento que no quiere compartir este espectáculo con nadie más. Su falda se alza apenas con cada giro, su piel destella bajo la tenue luz, y mi mandíbula se tensa al imaginar cómo sería estar ahí, no como un simple voyeur atrapado detrás de una pantalla, sino como el único testigo de esa danza provocadora y letal.

La idea me atraviesa con una intensidad inquietante. No quiero que otros ojos la devoren con el mismo anhelo que los míos. No quiero que su movimiento sea un regalo para el aire y las sombras. Quiero arrancarla de ese lugar, llevarla lejos, donde nadie más pueda verla, donde cada ondulación de su cuerpo, cada gota de sudor resbalando por su piel, sea solo para mí.

El deseo me quema desde adentro, una necesidad inconfesable que late con cada segundo que pasa. Porque verla no es suficiente. Porque quiero más. Mucho más.

Un gruñido casi animal sale de mi garganta. Beatriz me advierte mantener la calma pero apuras penas escucho lo que dice ya que los unicos sentidos activos son mis ojos que observan con rabia como un enemigo toca a mi esposa, mi mujer.

—Controlate —ordena Beatriz. Empuño mis manos. —Alessandro.

Me levanto de golpe cuando veo sus malditas manos subir por sus piernas como si fueran unos jodidos tentaculos intentando tocar su intimidad. No, esto ya es demasiado. No lo toleraré.

—Ahora.

El apagón se activó en todas las habitaciones por un segundo inestabilizando la seguridad. La pelirroja me mira con sorpresa y molestia.

—Estas arruinando los planes.

—A la mierda los planes —dije tomando mis armas y preparandolas —Nadie, obsultamente toca a mi mujer mientra yo respire.

—¡Alesandro la mascara!...

Las luces volvieron nuevamente pero ya nadie podria salir de sus habitaciones y solo era cuestión de minutos para el siguiente apagón. Derriban la puerta de la habitación, las mujeres gritan llenas de terror cuando ven a mis peones armados.

Sus ojos se clavan en mi llenos de sorpresa.

—¿Puedo unirme a la fiesta?.

—¡Que demonios significa esto! —grita rabioso el moreno mayor, siento asco al verlo desnudo mientras se pone de pie. —¡Quien diablos eres!.

El eco del disparo resonó con potencia en la habitación dejando horrorizadas a las mujeres, excepto a ella, claro que no, ella solo me mira como siempre lo hace, desafiante, una pantera desafiante dispuesta a encajarme los dientes si me acerco.

—Encarguense de las mujeres, menos a ella. —la señalo con el menton. Mi sonrisa es inquebrantable y amplia. —Ella viene conmigo.

Mis peones se le acercan pero ella retrocede hacia la salida pero se topa con Mara y Beatriz. Reconoce a una persona.

—Agente Torres.

Mara sin decir una sola palabra le clava en el cuello la inyección y Mila cae dormida en los brazos de su hermana. De cuclillas frente a ella admiro las facciones de su rostro notan que posee leves cicatrices en su rostro por aquella noche.

—Es hora de volver a casa mi bella mariposa.

PerversiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora