Oscuro olvido

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Ella suelta una risa ahogada.

—Estoy jugando —hace una mueca burlona —No estoy tan loca como para echarme esa soga al cuello. —elevo una ceja confundida. —Si Ezra me dice mamá es porque yo lo crie en parte asi que me ve como una figura materna, pero en realidad no soy su madre.

—No lo entiendo. —frunzo el ceño.

—Mira...

Algo resonó fuerte llamando nuestra atencion, unos gritos nos alertan haciendonos salir corriendo. Eran gritos infantiles, "El niño". La puerta estaba atorada con algo del otro lado. La agente Mara grita e intenta tumbar la puerta pero no puede. Corro hacia la otra habitacion del segúndo piso que se encuentra debajo nuestro, veo una ventana, salgo por ella y veo al niño arriba de mi.

—¡Mierda!.

Todo sucedió en un parpadeo.

El grito ahogado del niño me obligó a alzar la vista, temblando, aferrado a la baranda de la alcoba como si su vida dependiera de ello... porque lo hacía. Mi corazón dio un vuelco tan brutal que sentí que el mundo se estrechaba.

—¡Ezra! —el grito de su padre llamó mi atención. Estaba abajo expectando todo pero salio despavorido hacia la casa

No lo pensé. No hubo lógica. No hubo dudas. Solo instinto. Tomé las sábanas delgadas y casi transparentes que colgaban de la ventana, y mis manos se movieron más rápido de lo que jamás lo habían hecho, haciendo nudos apresurados con una precisión que ni sabía que poseía. Me até la tela a la cintura, sujetando el extremo con fuerza al marco de la alcoba, confiando en algo tan frágil como la fe... o la desesperación que parecen ser consumidas por el miedo al escuchar el llanto del niño.

—¡Aguanta! —le grité, pero su manita resbaló en ese mismo segundo.

El alarido del niño desgarró el aire, y el mío lo siguió mientras me lanzaba tras él. El viento me golpeó la cara, el estómago se me subió a la garganta, y por un instante sentí como si mi alma se desprendiera de mi cuerpo. Todo fue un torbellino de gritos ensordecedores, como si el mundo entero hubiera perdido el control.

Y luego, lo sentí. A él. El Pequeño, tembloroso, en mis brazos.

Lo atrapé.

La sacudida fue brutal. La sábana nos sostuvo... apenas. Sonrio aliviada, sus manos tiemblan aferrandos de mi ropa que hasta ahora noto que no es aquel traje atrevido que me puse para mi trampa. Un crujido seco, agudo, me cortó la respiración. No era un sonido cualquiera. Era el sonido de algo cediendo. El sonido del final.

—Mierda... —maldije por dentro, apretándolo más fuerte contra mi pecho. Mis ojos ven al rubio intentando salvarnos a ambos pero el crujir me alerta que no habrá tiempo. —Maldita sea.

El crujido se repitió, y no esperé a que nos matara. Solté lo que quedaba del agarre y nos lancé, rodando por el césped húmedo desde el segundo piso, cubriéndolo con mi cuerpo mientras el impacto nos sacudía los huesos.

La tierra estaba fría, el rocío de la mañana empapaba mi ropa, pero él estaba a salvo.

Y yo... yo temblaba más que él. Nos vimos rodeados en segundos por una multitud que no habia visto antes. El niño aun mantiene los ojos cerrados, apretandolos con fuerza, su respiración es erratica aun.

—Ya estas a salvo. —murmuro al ver que sigue aferrandose a mi pecho. —Mira.

Abre los ojos, parpadea rapidamente y luego llora desconsoladamente. Tiembla al abrazarme dejandome congelada. Un nudo se formó en mi garganta al darme cuenta que yo soy su refugio ahora mismo. Rapidamente se apartaron de nosotros los demas abriendole paso al rubio quien me mira desconcertado.

PerversiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora