El almuerzo llegó, la señorita al servicio de bufet trajo los platillos y dos botellas: uno de agua y una coca cola. En un principio Elisey quedó envuelto en sorpresa al notar el tamaño de la comida pedida: la "milanesa a lo pobre" que había pedido dos platos eran más grandes que la carne de hamburguesa, más bien era buena porción de filete de carne cuadril, empanado y frito, encima de la milanesa reposaba dos huevos fritos con la yema líquida, con papas fritas crujientes a un lado de las milanesas, con cebollas caramelizadas acompañando con sus colores dorados con aquel aroma dulce; y finalmente una ensalada de arroz con trocitos de locote.
Elisey pareció tragar saliva, tras lo delicioso y grande que era el plato de ancho así como del tamaño de pizzas personales. Tomó el carrito de los platos, pero se quedó mirando desconcertado hacia ella, causándole confusión.
Pero al mismo tiempo lo miraba con una risita pequeña, ronca y divertida. Le empezaba a gustar bastante sus reacciones. Pero la voz de la señorita, interrumpe la conexión de miradas.
-¿Algún problema, guapo?-preguntó la señorita frente a la puerta.
El alemán se recompuso y negó escueto:
-Ninguno.
La señorita parecía mirarlo de más, no pudo enviarlo y se levantó calmada, con rostro amable calculado. Casi como una máscara cordial.
-Muchas gracias, puede retirarse. Le dejaremos propina, no se preocupe. -intervino ella con voz más redundante en cuanto al tono, y se acercó a él. Con espacio prudente entre la chica que no dejaba de mirarlo descaradamente.
La señorita se sonrojó, expresando una suave disculpa, retirándose pronto. Cerrando la puerta detrás. Escuchó un sonido como un susurro suave, tal vez de resignación cómica. Levanta la mirada y lo encuentra mirándola con una sonrisa sutil en ese rostro alemán.
-¿Qué?-preguntó ella, sin entenderlo.-¿Tengo algo en la cara, Elisey?
Elisey no responde de inmediato. Está de pie junto al carrito, una mano aún apoyada en el borde metálico, pero su atención ya no está en la comida. Está en ella.
Su mirada desciende apenas, recorriendo su rostro como si buscara algo que claramente no está allí... o tal vez sí, pero no es visible. La comisura de sus labios se curva apenas más.
-Sí.
Se separa del carrito con calma, acercándose a ella sin prisa, con esa seguridad silenciosa que no necesita imponerse para sentirse dominante.
-Algo que no estaba hace unos minutos.
Se detiene frente a ella, lo suficientemente cerca como para invadir su espacio... pero sin tocarla todavía. Su mano se eleva, y con el pulgar roza apenas la comisura de sus labios, como si limpiara algo inexistente.
-Seguridad. -dijo con una voz baja.- Y una ligera intención de... marcar territorio sin saberlo.
Él hace una pausa breve. Sus ojos azules se clavan en los de ella, analizando, pero no juzgando.
-Interesante. -dijo tras bajar finalmente baja la mano, pero no se aleja.-La has despedido con cortesía... pero con límites claros.
Elisey inclina levemente la cabeza, como si reconociera algo que le agrada. -Sin agresión. Sin sumisión. Aprendes rápido.
Confundida ella frunció el ceño. «¿Qué había aprendido?» pensó fugazmente antes de prestar atención en esa mirada de él, que se suaviza apenas, y entonces, como si nada, vuelve medio paso hacia atrás, rompiendo la intensidad del momento.
-Aunque...
Ella tragó saliva al volver a escuchar. Lo respetó en silencio. Esos ojos preciosos se desvían hacia los platos por un segundo, y suelta una exhalación baja, casi imperceptible, divertida.
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Luna de Amor
Werewolf𝐷𝑒𝑠𝑐𝑢𝑏𝑟𝑒 𝑡𝑢 𝑙𝑖𝑛𝑎𝑗𝑒, 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑢𝑏𝑟𝑒 𝑡𝑢 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑖𝑛𝑜 Bruna Dávalos, una joven paraguaya de 27 años, lleva una vida dividida entre su trabajo como mesera y su pasión por escribir historias de hombres lobo. Mientras sueña con algo...
