Capitulo 5.

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-¿Qué haces? ¡Basta! ¡Apártate de mí!

Ese tío gritaba como una chica, y Sally se acercó para ayudarlo.

-¡Déjalo en paz!

Justin se apoyó contra el Vanquish para disfrutar del espectáculo.

-¡Mis gafas! -chilló Monty-. ¡Cuidado con mis gafas!

Se hizo un ovillo para protegerse cuando Castora le arreó un mamporro en la cabeza.

-¡Fui yo quien pagó esas gafas!

-¡Para! ¡Déjalo! -Sally cogió la cola de Castora y tiró de ella con todas sus fuerzas.

Monty se debatía entre proteger su bien más preciado o sus preciosas gafas.

-¡Te has vuelto loca!

-¡Todo se paga! -Castora intentó darle otro sopapo, pero no acertó.

Demasiada pata.

Sally tenía buenos bíceps y lo demostró cuando tiró de nuevo de la cola con todas sus fuerzas, pero Castora había tomado ventaja, y no pensaba retirarse hasta ver correr la sangre.

Justin no había visto una pelea tan divertida desde los últimos treinta segundos del partido contra los Giants la pasada temporada.

-¡Me has roto las gafas! -lloriqueó Monty, apretándose la cara con las manos.

-Pues prepárate. ¡Ahora toca tu cabeza! -Castora volvió a la carga.

Justin hizo una mueca de dolor, pero al final, Monty recordó que tenía un cromosoma en alguna parte y con ayuda de Sally se las arregló para empujar a Castora a un lado y ponerse en pie.

-¡Voy a denunciarte! -gritó como un llorica--. Voy a conseguir que te arresten.

Justin no pudo soportarlo más y se acercó.

Con los años, había visto suficientes grabaciones de sí mismo como para saber la impresión que causaba su caminar pausado, así que se irguió cuan alto era, exhibiendo su larga y ominosa figura, con el sol arrancándole destellos a su pelo dorado.

Hasta los veintiocho años había llevado pendientes de diamantes en la oreja porque le gustaba chulearse, pero aquella etapa ya había pasado y ahora se conformaba con llevar sólo un reloj.

Incluso con las gafas rotas, Monty lo vio y se quedó pálido.

-Tú has sido testigo -lloriqueó el poetucho-. Has visto lo que me ha hecho.

-Lo único que he visto -dijo Justin con acento arrastrado-, fue otra razón más para que no te invitemos a nuestra boda.

- Se situó al lado de Castora y, pasándole un brazo por los hombros, miró cariñosamente esos sorprendidos ojos violetas-. Voy a tener que pedirte perdón, cariño.

Debería haberte creído cuando me dijiste que este William Shakespeare de pacotilla no merecía que le dieras explicaciones.

Pero no, tuve que convencerte para venir a hablar a este pobre hijo de perra. La próxima vez, recuérdame que confié en ti. Sin embargo, estarás de acuerdo conmigo en que deberías haberte cambiado de ropa antes de venir, tal y como te sugerí.

No creo que nuestra extravagante vida sexual sea de la incumbencia de nadie.

Castora no parecía el tipo de mujer a la que se podía sorprender con facilidad, pero al parecer él lo había logrado, y para ser un hombre que se ganaba la vida con las palabras, la verborrea de Monty parecía haber caído en dique seco.

Sally apenas pudo emitir un graznido.

-¿Vas a casarte con Blue?

-Nadie está más sorprendido que yo -dijo Justin encogiéndose de hombros con modestia-. ¿Quién podía imaginar que me aceptaría?

¿Y qué podían replicar ellos a eso?

Cuando Monty finalmente recuperó el habla, comenzó a lloriquearle a Blue sobre el CD de Bob Dylan, que Justin suponía que sería una más que probable copia pirata.

Monty pareció venirse abajo tras oír eso, pero Justin no pudo resistirse a hurgar en la herida.

Cuando el poetucho y Sally se subieron al coche, se giró hacia Castora y le dijo en un tono lo suficientemente alto como para que oyeran sus palabras:

-Vamos, cielito. Vayamos a la ciudad para comprar ese diamante de dos quilates que demostrará a todo el mundo que eres la dueña de mi corazón.

Hubiera jurado que oyó gemir a Monty.

Juego de Seducción.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora