El ciclo comenzó una vez más, pero esta vez Blue se cuidó de tomar afecto a Blossom y cuando se tuvo que marchar, descubrió que no resultaba tan doloroso como las otras veces.
Desde entonces, era más cuidadosa.
En cada cambio que siguió, mantuvo la distancia emocional, hasta que, al final, apenas le dolía partir.
Blue miró la cama del hotel.
Justin estaba excitado y esperaba que ella le solucionara el problema, pero él no sabía cuán arraigada era su aversión a las relaciones esporádicas.
En la universidad había observado a sus amigas, que al igual que en Sexo en Nueva York, se acostaban con todo aquel que pillaran.
Pero en lugar de sentirse bien, habían acabado deprimidas.
Blue había sufrido demasiadas relaciones cortas en su infancia y no quería añadir ninguna más a la lista.
Si no contaba a Monty —algo que no hacía—, sólo había tenido dos amantes, los dos artistas, dos hombres que habían dejado que fuera ella la que llevara la voz cantante.
Era mejor de esa manera.
El pomo de la puerta del cuarto de baño se movió.
Tenía que actuar con cautela a la hora de tratar a Justin, si no quería que la dejara tirada por la mañana.
Por desgracia, el tacto no era lo suyo.
El salió del cuarto de baño con la toalla enrollada alrededor de las caderas.
Parecía un dios romano que se hubiera tomado un respiro en mitad de una orgía mientras esperaba que le enviaran a la siguiente virgen.
Pero cuando la luz le dio de lleno, ella cerró los dedos sobre el bloc.
No era una divinidad romana perfectamente esculpida en mármol.
Tenía el cuerpo de un guerrero... fuerte, poderoso, y preparado para la batalla.
Justin se dio cuenta de que ella miraba las tres delgadas cicatrices de su hombro.
—Un marido celoso.
Ella no lo creyó ni por un segundo.
—Los peligros del pecado.
—Hablando de pecado... —Su perezosa sonrisa exudó seducción—. He estado pensando... se hace tarde y somos dos desconocidos solitarios con una cama confortable y no veo mejor manera de entretenernos que hacer uso de ella.
Había dejado de lado la sutileza para lanzarse directo a la línea de meta.
Su hermosa cara y su estatus de deportista le daban mucha seguridad con las mujeres.
Ella lo comprendía.
Pero ella no era como las otras mujeres.
Él se acercó más.
Olía a jabón y a sexo.
Consideró volver a jugar a lo de los gays, pero, ¿para qué molestarse? Podía pretextar dolor de cabeza y huir de la habitación, o podía hacer lo que siempre hacía: enfrentarse al reto.
Se levantó de la silla.
—Vamos a dejar las cosas claras, Boo. No te importa que te llame Boo, ¿verdad?
—De hecho...
—Eres guapísimo, sexy y tienes un cuerpo de infarto. Tienes más encanto del que debería tener ningún hombre. Tienes mucho gusto con la música y además eres muy rico. Y simpático. No creas que no me he fijado. Pero lo cierto es que no me pones.
Justin frunció el ceño.
—¿Que no te pongo?
Ella intentó parecer abochornada.
—No es culpa tuya. Soy yo.
Él parpadeó, bastante asombrado.
No lo podía culpar.
Era indudable que él había usado eso de «no es culpa tuya, soy yo» miles de veces, y debía de ser desconcertante que alguien empleara esa misma táctica con él.
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Juego de Seducción.
RomanceSrta. Bailey... Usted estará en mi cama... Por siempre. -Sr. Bieber... ¿ y si usted cae en la mía y se enamora primero? -Do you love me? -Yes... -Game Over.
