Sal le pidió otra bolsa de ganchitos de queso.
Ella tomó una y luego,como todavía estaba asustada, se comió unos Rice Krispies Treats.
Tenía muchas ganas de hacer pis, pero no podía decírselo a Sal, así que juntó las piernas y rezó para llegar pronto.
Sal no conducía tan rápido como antes.
Después de haber estado a punto de pegársela, cogía el volante con las dos manos y llevaba la radio más baja.
Se pasaron el primer desvío porque estaba demasiado oscuro para ver la señal y tuvieron que dar la vuelta.
—¿Por qué te mueves tanto? —Sal parecía muy enfadado, como si hubiera sido culpa de ella que casi se estrellaran contra la valla publicitaria en la interestatal.
No podía decirle que tenía ganas de orinar.
—Porque me alegro de que ya nos falte poco para llegar.
Estaban a punto de llegar al desvío en la carretera de Callaway cuando sonó el móvil de Sal.
Ambos se sobresaltaron.
—Joder. —Sal se golpeó el codo con la puerta mientras intentaba sacar el móvil del bolsillo de la chaqueta.
Parecía muy asustado y cuando contestó, su voz sonó chillona.
—¿Hola?
Incluso desde el otro lado del coche, Riley podía oír al padre de Sal gritándole qué dónde demonios estaba y que si no regresaba ahora mismo a casa, llamaría a la policía.
A Sal le daba miedo su padre, y la miró como si estuviera a punto de llorar.
Cuando su padre finalmente colgó el teléfono, Sal detuvo el coche en medio de la carretera y comenzó a gritarle a Riley.
—¡Dame el resto del dinero! ¡Ya!
Parecía que se había vuelto loco.
Riley se echó hacia atrás hasta sentir la puerta en la espalda.
—En cuanto lleguemos.
Él la agarró de la chaqueta y la sacudió.
Una pequeña burbuja de saliva salió disparada de su boca.
—Dámelo o te arrepentirás.
Ella se pegó contra la puerta del coche, pero él la había asustado tanto que se señaló la deportiva.
—Aquí está el dinero.
—De prisa, ¡dámelo!
—Llévame antes a la granja.
—Si no me lo das ahora, te pegaré.
Ella sabía que hablaba en serio, y se bajó el calcetín para coger los billetes.
—Te lo daré cuando lleguemos.
—¡Dámelo ahora! —le retorció la muñeca.
Riley percibió su aliento agrio con olor a ganchitos de queso.
—¡No me toques!
El le abrió la mano a la fuerza y le arrebató el dinero.
Luego le soltó el cinturón de seguridad e inclinándose hacia ella, abrió la puerta de golpe.
—¡Largo!
Ella estaba tan asustada que se le saltaron las lágrimas.
—Llévame a la granja primero. No me dejes aquí tirada. Por favor.
—¡Lárgate ya! —La empujó. Ella intentó sujetarse a la puerta, pero no calculó bien y cayó a la carretera—. No se lo digas a nadie —gritó Sal—. Si se lo dices a alguien, lo lamentarás.—
Le tiró la mochila, cerró la puerta y salió pitando.
Permaneció tirada en mitad de la carretera hasta que dejó de oír el sonido del motor.
Todo lo que se escuchaba eran sus sollozos.
Estaba oscuro como la boca del lobo.
Allí no había farolas como en Nashville, y ni siquiera se veía la luna, sólo una mancha gris donde las nubes la ocultaban.
Oyó crujidos y se acordó de una película que había visto donde un hombre salía del bosque y secuestraba a la chica para llevársela a su casa y cortarla en pedazos.
Tan asustada estaba que se colgó la mochila a la espalda y cruzó corriendo la carretera hacia el campo.
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Juego de Seducción.
RomanceSrta. Bailey... Usted estará en mi cama... Por siempre. -Sr. Bieber... ¿ y si usted cae en la mía y se enamora primero? -Do you love me? -Yes... -Game Over.
