Capitulo 67.

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Riley se había dejado puesta la camiseta SEXY, pero se había cambiado los sucios pantalones de pana color lavanda por unos vaqueros cortos muy apretados, tanto que le comprimían el estómago.

Se habían sentado en un reservado con asientos de vinilo desde donde podían ver una mala colección de paisajes del antiguo oeste pintados sobre las desvaídas paredes en tono azul pastel y unas polvorientas figuras de bailarinas sobre un estante.

Un par de ventiladores de techo esparcían el olor a fritura.

La puerta se abrió y el murmullo de conversaciones se interrumpió cuando una anciana de aspecto formidable entró cojeando y apoyándose en un bastón.

Estaba demasiado gorda, e iba demasiado arreglada con unos holgados pantalones rosas y una camisa a juego en brillante color sandía.

Múltiples cadenas de oro rodeaban su cuello formando una V alargada y los pedruscos de sus pendientes parecían ser diamantes de verdad.

Era bastante probable que hubiera sido hermosa en su época, pero no había envejecido con garbo.

La pesada melena rubio platino que se rizaba alrededor de su cara tenía que ser una peluca.

Se había delineado las cejas con un lápiz color marrón claro pero no había tenido ningún reparo a la hora de utilizar el rímel y la brillante sombra azul.

Un diminuto lunar, que alguna vez pudo ser seductor, salpicaba una de las comisuras de los labios pintados de un rosa brillante.

Los anchos zapatos ortopédicos Oxford, que soportaban sus tobillos hinchados, era la única concesión que había hecho a la edad.

Nadie pareció feliz de verla, pero Blue la observó con interés.

La mujer examinó el local abarrotado, su mirada repasó con desdén a los clientes habituales, luego se detuvo en Blue y Riley.

Pasaron unos segundos mientras clavaba la mirada en ellas sin disimulo.

Por fin, se acercó, la camisa rosa ocultaba unos formidables pechos que debían su colocación a un buen sujetador.

—¿Quiénes —dijo cuando llegó a su mesa— sois vosotras?

—Soy Blue Bailey. Ella es mi amiga Riley.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —En su voz se apreciaba un leve acento de Brooklyn.

—Estábamos comiendo. ¿Y usted?

—Por si no lo habéis notado, tengo una cadera mal. ¿No vais a pedirme que me siente con vosotras?

Sus modales prepotentes divirtieron a Blue.

—Claro.

La horrorizada expresión de Riley indicaba que no quería a esa mujer cerca de ella, así que Blue se deslizó hacia la esquina para hacerle sitio.

Pero la mujer señaló a Riley con la mano.

—Hazte a un lado.

Dejó un enorme bolso de paja sobre la mesa y se sentó con lentitud.

Riley colocó la mochila entre las dos, intentando poner la mayor distancia posible.

La camarera apareció con un plato y un vaso de té helado.

—Lo que suele pedir llegará enseguida.

La mujer la ignoró para centrarse en Blue.

—Cuando pregunté qué estabais haciendo aquí, me refería en el pueblo.

Juego de Seducción.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora