Capitulo 10.

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Lo único que había usado era champú.

Un buen champú, cierto, pero a fin de cuentas, champú a secas.

—Es que llevo un buen corte —replicó, su corte era producto del estilista de Oprah.

—Y esos vaqueros son de Gap.

Cierto.

—Y llevas botas de gay.

—¡Éstas no son botas de gay! Me costaron mil doscientos dólares.

Exacto —dijo ella triunfalmente—. ¿Qué hombre en su sano ¡juicio pagaría mil doscientos dólares por unas botas?

Ni siquiera esa dura crítica a su calzado podía enfriarlo.

Había conseguido bajarle la cremallera hasta la cintura, y, como había imaginado, no llevaba sujetador.

Las delicadas protuberancias de su columna desaparecían en el interior de la V del disfraz como un delicado collar de perlas tragado por el Yeti.

Le costó Dios y ayuda no meter las manos dentro y examinar con exactitud lo que escondía Castora.

—¿Por qué tardas tanto? —preguntó ella.

—La cremallera no hace más que atascarse, eso es todo —respondió malhumorado, sus vaqueros no había sido pensados para acomodar lo que ahora mismo necesitaba ser acomodado—. Si crees que puedes hacerlo mejor, te invito a intentarlo.

—Hace mucho calor aquí dentro.

—A mí me lo vas a decir. —Con un último tirón, bajó la cremallera del todo, lo que venía a ser unos veinte centímetros por debajo de la cintura. Pudo observar la curva de la cadera y el borde elástico de unas bragas de intenso color rojo.

Ella se apartó y cuando lo miró, sostuvo el disfraz contra su pecho con las patas.

—Puedo seguir sola.

—Oh, por favor. Como si tuvieras algo interesante de ver.

La comisura de la boca de Castora tembló ligeramente, pero él no pudo asegurar si era por diversión o por fastidio.

—Fuera.

Bueno, por lo menos lo había intentado.

Antes de que saliese, ella le pasó las llaves y le pidió —sin demasiada amabilidad por cierto— que sacara sus cosas del coche.

Dentro del abollado maletero del Camaro encontró un par de cajas de madera llenas de pinturas, unas cajas de herramientas manchadas y un lienzo grande.

Acababa de cargar todo en su coche cuando el tío que estaba trabajando dentro salió a inspeccionar el Vanquish.

Tenía el pelo grasiento y barriga cervecera. Algo le dijo a Justin que éste era el tío pervertido que había enfurecido a Castora.

—Hombre, esto sí que es un coche. Vi uno igual en una película de James Bond. —Y luego, le echó un buen vistazo a Justin—. ¡Joder! Eres Justin Bieber. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Estoy de paso.

El tío comenzó a flipar.

—Santo cielo. Ben debería haber dejado que Sheryl fuera sola a urgencias. Espera que le diga que Boo ha estado aquí.

Los compañeros de universidad de Justin le había puesto ese mote por el tiempo que se había pasado en la playa de Malibú, y que los lugareños conocían como Boo.

Juego de Seducción.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora