—Eres muy afortunada—continuó Sal—. No tienes que trabajar ni nada de eso, y tienes una pasta gansa.
—No lo puedo gastar. Va a mi fondo fiduciario.
—Puedes gastarte el dinero que te da tu padre. —Estaba conduciendo con una sola mano, pero si se lo advertía, se enfadaría—.
Vi a tu padre en el entierro. Incluso me dirigió la palabra. Es más amable que tu madre. De veras. Algún día tendré ropas guays como él e iré a los sitios en limusina.
A Riley no le gustaba que la gente hablara de su padre —aunque era lo único que hacía siempre—, parecían pensar que se lo presentaría a pesar de que ella misma casi nunca lo veía.
Ahora que su madre había muerto, pensaba inscribir a Riley en Chatsworth Girls, que era un internado donde todo el mundo la odiaría porque era gorda y nadie querría ser su amiga salvo para poder acercarse a su padre.
Ahora iba a Kimble, pero no era un internado, y asistir a las mismas clases de su prima Trinity era preferible a lo otro.
Le había rogado a su padre que la dejara quedarse en Kimble y vivir con Ava en un apartamento o algo por el estilo, pero él le había dicho que no era lo mejor para ella.
Por eso tenía que encontrar a su hermano.
En realidad era su hermanastro, aunque era un secreto. Muy pocas personas sabían que él y Riley estaban emparentados, y ni siquiera Riley sabría que su padre había tenido otro hijo si no hubiera sido porque había oído sin querer al viejo novio de su madre hablando con ella sobre eso.
Su madre era una de las Hermanas Moffatt, la otra era la tía Gayle, la madre de Trinity.
Habían actuado juntas desde que tenían quince años, pero no habían entrado en las listas de superventas en los últimos seis años, y su nuevo CD Everlasting Rainbows no les había ido demasiado bien, por eso había estado en ese barco, para una actuación promocional para Radio Nashville.
Ahora, con toda la publicidad de la muerte de su madre, el CD estaba en el primer puesto de las listas de éxito. Riley pensó que su madre se habría alegrado mucho, pero tampoco estaba segura.
Su madre tenía treinta y ocho años cuando murió, dos más que tía Gayle.
Ambas eran delgadas, tenían el cabello rubio y grandes tetas; un par de semanas antes del accidente, la madre de Riley había ido al cirujano estético de la tía Gayle y se había retocado los labios para que parecieran grandes y carnosos.
Riley pensaba que parecía un pez, pero su madre le había dicho que se guardara sus estúpidas opiniones para sí misma.
Si Riley hubiera sabido que su madre se iba a caer de ese barco y ahogarse, nunca le habría dicho tal cosa.
El canto del álbum de fotos se le clavó en el tobillo a través de la tela de la mochila.
Deseaba sacarlo y mirar las fotos.
Eso siempre la hacía sentirse mejor.
Se agarró al salpicadero.
—Fíjate por dónde vas, ¿vale? Ese semáforo estaba en rojo.
—¿Qué más da? No hay coches.
—Si tienes un accidente te quitarán el carnet.
—No voy a tener ningún accidente. —Sal subió el volumen de la radio, pero después volvió a dirigirse a ella—. Apuesto lo que quieras a que tu padre se ha tirado a más de diez mil chicas.
—¿Por qué no te callas? —Riley quería cerrar los ojos e imaginar que estaba en algún otro sitio, pero si no vigilaba cómo conducía Sal, acabarían teniendo un accidente.
Por enésima vez se preguntó si su hermano sabría algo de ella.
Enterarse de su existencia el año pasado había sido lo más excitante que le había ocurrido nunca.
Había empezado su álbum secreto de inmediato, mezclando artículos y fotos de Internet con otros que había encontrado en revistas y periódicos.
Él siempre parecía feliz en esas fotos, como si nunca pensara cosas malas de la gente y le gustara ayudar a todo el mundo, incluso aunque una no fuera delgada o tuviera once años.
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Juego de Seducción.
RomanceSrta. Bailey... Usted estará en mi cama... Por siempre. -Sr. Bieber... ¿ y si usted cae en la mía y se enamora primero? -Do you love me? -Yes... -Game Over.
