— ¡No! ¡Estoy aquí abajo amor, aléjate de él! – grité en cuanto pude salir del impacto.
Corrí hacia las escaleras tratando de llegar hacia arriba lo más rápido que me fuese posible. Sus asquerosas manos se aferraban a la puerta con obstinación y bizarría, tratando de convencer a Jimin de que le permitiera entrar en la habitación. Sentí el odio acrecentarse en mi interior al encontrarme ante su presencia tan cerca una vez más.
— Vamos Jiminnie, ábreme la puerta pequeño… ¿Acaso temes de mí?
Su voz chillante estremeció mis oídos y me llenó de repulsión. No sé porque razón Jimin habría colocado el seguro de la puerta; no quería detenerme a pensar en aquello justo en ese momento.
— ¡Aléjate de ahí! – Bramé lanzándome sobre su cuerpo para propinarle un puñetazo en el rostro que debió haberle hecho sangrar la nariz – ¡Quédate ahí Jiminnie… No le quites el seguro a la puerta!
No me bastó con golpearlo una vez, comencé con una serie de golpes dirigidos a su rostro y su cuerpo, sin darle tiempo siquiera de que mencionara una sola palabra; no estaba dispuesto a seguir oyendo sus mentiras. Lo tomé de la camisa y lo arrastré por las escaleras.
Mi frialdad era basta hacia aquél hombre que se había atrevido a intentar dañarme a mí y a la persona que amo. Su dolor me proporcionaba satisfacción y sus quejas me llenaban de placer.
— ¡Déjame! ¡Suéltame, Yoongi! Ya fue suficiente. – pidió endeble cuando lo estrellé contra la puerta.
Sonreí y lo apreté del cuello con más fuerza. Mis intenciones no eran matarlo, quería hacerle sentir tanto dolor físico como el mismo dolor y angustia que me había deshecho a mí desde que él decidió entrometerse en mi vida.
— ¿Cómo te atreves a decir que ha sido suficiente maldito? – dije con desdén.
Me disponía a golpearlo de nuevo, estaba decidido a desfigurar su rostro y arrojarlo a la calle a merced de quien fuera capaz de reconocer su cuerpo. Pero el sonido de sirenas de policía me obligó a detenerme. ¿Acaso venían hacia acá?
Abrí la puerta y sostuve con fuerza la camisa del miserable ser al que torturaba. La patrulla se estacionó frente a mi casa a unos milímetros de chocar con mi auto. Me sorprendí, dudaba demasiado que hubiera sido Jimin quien llamara, giré mi rostro hacia la casa de a lado. Mi curioso y anciano vecino asomaba la cabeza sin abrir la puerta por completo.
— Vic… ¿Has sido tú quien llamó? – pregunté extrañado.
— Si, hij. – musitó apenado – Si todo ha sido un malentendido discúlpame… Pero la situación era extraña… No eras tu quien bajó de tu auto, era demasiado tarde y después empezaron los gritos. El pequeño que vive contigo estaba solo y temía por él.
— ¡Suelta al hombre y ambos coloquen las manos donde podamos verlas! – exigió uno de los dos policías apuntándonos con armas.
Solté a Seungsik de inmediato y alcé mis manos, Seungsik apenas podía mantenerse de pie, alzó las manos de igual forma y se mantuvo cabizbajo, ocultando en la incertidumbre la culpa con la que cargaba.
Jamás imaginé que me vería en una situación parecida una vez más. Era la segunda vez que me encontraba detenido por dos policías mientras golpeaba a un hombre. Y por un segundo, el terrible deja vu de la época medieval asaltaba mi memoria de nuevo, debido a las acciones que me habían obligado a tomar aquella decisión; no los golpeaba por gusto. ¿Someter y vender a tu propio hijo? ¿Intentar tomar por la fuerza a un menor? Jamás iba a permitirlo, menos aun si ese hombre es mi Jimin.
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Con aroma a rosas.
Hayran KurguMin YoonGi se afronta a la reciente muerte de su padre sin lograr superarla fácilmente. Trata de olvidarse de su salvaje vida pasada y adaptarse a su actual sedentarismo como gerente de un museo de arte, contabilizando cada minuto del día y planifi...
