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Joy corrió el rostro y golpeó a Sebastian en la mandíbula, alejándolo de ella, pero aunque siempre había sido una chica con una fuerza superior a la de las demás, él era inamovible.

—No me evites, por favor —al oír aquél tono casi lastimero en su voz, Joy se vio tentada a aflojar los brazos y dejarse besar, pero el deja vu era más fuerte.

—¡Suéltame! —gritó, a lo que Sebastian detuvo cualquier movimiento en seco y la miró con esos ojos que se veían grises ese día, logrando intimidarla.

Movida por el impulso, lo empujó y se hizo un ovillo en el suelo, abrazando sus rodillas y manteniendo la espalda contra la estantería. Comenzó a recitar por lo bajo las líneas de “La princesa y su vestido color rosa” por inercia, con la cabeza entre las piernas, tratando de no angustiarse aún más. Oyó la voz de Juls y levantó la mirada de inmediato. Observó que su amigo había tomado a Sebastian por el cuello y lo golpeaba contra la biblioteca.

—¿Qué le hiciste? —le preguntó a un centímetro del rostro.

—Nada —contestó el blondo intentando liberarse de la presión de las manos fuertes de Julian.

Juls miró a Joy en el suelo, aún recitando sin darse cuenta, y volvió a zamarrear a Sebastian, golpeándolo con fiereza y haciendo tambalear la estantería, mientras le presionaba fuertemente el cuello, sin miedo a cortarle la respiración. Un par de libros cayeron al suelo y aquello volvió a Joy a la realidad.

—¡Juls, los libros! —atinó a gritarle, pero el pelinegro había vuelto a acercar la nariz a la de Sebastian.

—Si llego a enterarme de que le pusiste una mano encima, te buscaré y te golpearé tanto que ni tu madre podrá reconocerte —bramó, antes de arrojarlo al suelo y apurarse a abrazar a Joy—. ¿Estás bien? ¿Te hizo algo?

La ayudó a ponerse de pié y la examinó de cabo a rabo. Le tomó la cara con las manos para mirarla fijamente a los ojos, que estaban secos, y la abrazó en medio de un suspiro.

—No, sólo me asusté —susurró ella, dejándose cobijar. Por sobre el brazo de Julian, observó a Sebastian, quien tosía y la perforaba con la mirada. No enojado, sino herido—. Juls —se separó de él—, él es Sebastian, el hijo de David. Lamento que hayan tenido que conocerse en esta circunstancia, en medio de la confusión —añadió.

—No te hizo nada de nada —corroboró el pelinegro mirándola intensamente a los ojos.

Joy le sonrió, agradecida a más no poder por lo mucho que la quería, y negó con la cabeza. Estaba conmocionada, aún le temblaban las piernas. Había sido tan similar… Pero no pensaría en ello, se dijo, no hasta su sesión con Johann al menos. Porque aunque había sido similar, no había sentido el pánico, el terror. Se había sorprendido y, por algún motivo, deseaba abrazar a Sebastian y dejarlo dormirse con la cabeza en su hombro.

Julian, aún lleno de desconfianza y preocupación, se acercó al blondo y le tendió la mano.

—Lamento el exabrupto —le dijo, a lo que Bastian le aceptó la mano y se puso de pie.

—No es nada, entiendo por qué lo hiciste. —La expresión de Juls seguía siendo dura y observaba a Sebastian como quien enviaba una amenaza silenciosa, pero clara.

El blondo le sostuvo la mirada y los nervios de Joy volvieron a ahogarla. Estaba confundida, que Sebastian tuviera esas ganas locas de besarla era… No lo sabía. Se había pegado un susto de muerte y por un segundo había vuelto a aquella calle oscura que separaba al taller de literatura del estacionamiento. Pero luego se había tratado de él, de esos ojos mansos y de aquella voz que sólo le pedía resguardo. Tenía el corazón andando a mil por hora, no sabía qué pensar, no sabía por qué dejarse dominar, si por el recuerdo, o por las mariposas que nacían en su vientre cuando él la miraba de esa manera intensa y desesperada.

Pariente LegalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora