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Se levantó, aún con el sol en el cielo, sin haber descansado ni un poco. Tenía los ojos enrojecidos y los músculos entumecidos. Se sentó en la cama y se pasó las manos por el rostro. A los pies del colchón, sobre su campera, el gato ronroneaba envuelto en un halo de paz que Bastian no pudo más que envidiar.

Se animó a alargar el brazo y acariciar lentamente el suave pelaje, claro y abundante. Era extremadamente peludo, tanto que su cola parecía un plumero. Sebastian sonrió y notó, en ese momento, que el gato era suyo.

—Te voy a poner León, porque eso pareces —habló al felino, que vibraba bajo las caricias que el blondo propiciaba en su mentón.

El timbre sonó, despertando al gato.

Bastian escuchó a Ger bajando las escaleras entre silbidos y abriendo la puerta.

—Hola —por el tono empleado por su amigo, aquella era una mujer particularmente atractiva—. ¿Olvidaste algo anoche? Tu abrigo, tu ropa interior. Un beso mío.

—Veo que la seguridad aquí es imposible de violar.

La voz de la chica se le hacía familiar, como por extensión. La muchacha sonaba fastidiada y Ger apestaba improvisando con mujeres.

—¿Por qué lo dices? —Bastian contuvo la risa. Su amigo había perdido el juego sin siquiera un tanto a su favor.

—No estuve aquí anoche. Estoy buscando a Sebastian Saxton.

El aludido frunció el ceño, intrigado. Volvió su atención a León y lo acarició entre juegos de mano. Ger rió desde el piso inferior, como dando a entender que sabía a qué iba todo eso.

A Sebastian no se le ocurría de quién se podía tratar. La voz tenía un tinte conocido, pero no recordaba haber roto corazones en un tiempo, desde Lana. Por lo general, las mujeres lo olvidaban rápido. Se sabía un intento fallido de encontrar el verdadero amor; sobre todo para esas chicas que buscaban todo lo equivocado en un hombre para casarse, o sea, a él.

—Lo siento, preciosa, pero está reservado.

—Pues, no me importa. Necesito hablar con él. Es importante —había urgencia en su voz, se dijo Sebastian.

Le rascó, por última vez, el lomo a León y se puso de pie. Esa chica no lo buscaba por una noche de pasión sin ataduras.

Bajó escalón en escalón, revelando con cada paso un centímetro más del cuerpo de la invitada. Cuando dejó el último peldaño, se encontró cara a cara con una muchacha terriblemente hermosa, pero que no le producía nada. Aquello era extraño, se dijo. Tenía todo lo que un hombre podía desear: cabello largo y rubio natural, labios abultados y rosados, nariz respingada, piernas largas, caderas anchas y unos pechos de perfecto tamaño. Sin embargo, esa sensación de lo conocido lo invadió nuevamente y supo que jamás podría encontrar a aquella visión como un objetivo. Además, desde hacía un tiempo, se inclinaba por las muchachas de cabello oscuro y menor estatura.

—Los dejo solos —dijo Ger, incómodo ante el extraño clima que se había dado en el ambiente.

Sebastian asintió con una leve sonrisa en sus labios. La muchacha se encontraba de brazos cruzados, esperando sin demasiada paciencia. El castaño se fue y reinó la quietud en la entrada.

León bajó las escaleras y ronroneó entre las piernas de Bastian.

—¿Te conozco? —preguntó, ante el silencio de la muchacha.

—No. Pero deberías. Yo te conozco bastante —contestó mordaz, sin descruzar los brazos.

Sebastian abrió los ojos cuanto pudo y enarcó una ceja.

Pariente LegalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora