18.- EL BAILE

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Por la puerta de la habitación se asomó una cara pecotosa con una gran sonrisa en su rostro:

—Lo siento, señor. Tendréis que esperar un poco. La Condesa estará lista enseguida.

Acto seguido se metió dentro cerrándole la puerta en las narices. Sacudió la cabeza mientras se le escapaba un ligera sonrisa. En verdad esa doncella era perfecta para Morgana. 

No tuvo que esperar mucho ya que Ana volvió a abrir la puerta con una pícara sonrisa en su cara.

Cuando entró en la habitación, lo que vio le dejo completamente mudo. Se quedo embobado, con la boca abierta, hasta que Ana le dio un pequeño codazo en el costado.

—Esta hermosa, ¿verdad?

—Sí... sí —balbuceó intentando mantener la compostura. Debía parecer un completo idiota.

—Bueno, Peter, ¿qué tal estoy?

Estaba realmente espectacular. El vestido le sentaba como un guante adaptándose perfectamente a su esbelta figura. Llevaba el pelo suelto, recogido en su frente con la pequeña tiara y dejando lucir los pendientes. Su cara se veía muy natural. El sencillo maquillaje remarcaba muy bien sus rasgos y el collar de esmeraldas brillaba con fuerza sobre su escote, como si fuera una parte más de su piel. Parecía que el vestido y las joyas hubieran sido diseñados exclusivamente para ella.

—Estas realmente hermosa. Me parece que voy a tener que ir a buscar mis armas para hacerte de guardaespaldas —comentó ofreciéndole el brazo, a lo que ella respondió con una gran sonrisa.

Cuando llegaron a la gran escalera, el corazón de Morgana se empezó a acelerar. Aquello estaba lleno de gente y ella no tenía muy claro si iba a ser capaz de encajar.

Peter se acercó a su oído y suavemente le susurró:

—Les vas a encantar así que respira hondo, relájate y disfruta de la fiesta.

Ella tomó aire con fuerza y luego lo expulsó. Miró a Peter, le sonrió y ambos se dirigieron al baile.

Conforme iban bajando hacia el salón, Morgana se percató de que todas las miradas estaban puestas en ella. Tragó saliva e intentó mantener la compostura. Si tropezaba y se caía haría el mayor de los ridículos y no era el momento para meter la pata. Manteniendo la calma, consiguió descender sin incidentes. Enseguida un montón de gente se aproximó a ellos. Peter, atento y galante, se dedicaba a presentarle a todo el mundo y a espantar a todo aquel que pareciera que quería pasarse un poco con ella. Era el perfecto caballero protector.

Poco a poco se iba relajando. Estaba empezando a sentirse cómoda y a disfrutar de la fiesta. Todo el mundo era muy agradable con ella, quizás debido a su «desgracia personal», pero ya se había acostumbrado y, cuando alguien tocaba el tema, ella ponía cara de pena dándoles a entender que prefería no hablar de ello. Peter le cubría en todo momento sorprendido por la gran capacidad interpretativa que ella tenía.

De pronto sintió que le miraban fijamente. Se volvió y se encontró con esos ojos avellana que tanto le fascinaban. Estaba realmente impresionante con sus ropajes de gala por lo que tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener las ganas de lanzarse a sus brazos. Tenía que cumplir el protocolo, así que se inclinó ligeramente haciendo una elegante reverencia.

—Majestad.

Él le tomó la mano y se la besó delicadamente.

—Condesa, permitidme deciros que esta noche estáis realmente hermosa.

—Muchas gracias, majestad —respondió ella ligeramente sonrojada.

—Sería un placer para mí que concedierais un baile. Siempre y cuando no le moleste a vuestro acompañante. —Peter hizo una señal de aceptación intentando mantener la seriedad. —Perfecto. Entonces, Condesa, ¿vamos? —continuó ofreciéndole su brazo.

—Será un placer, majestad —contestó ella tomándolo.

Ambos avanzaron por la sala ajenos a las miradas de asombro y los murmullos a su alrededor. Una vez llegaron a la pista, ella se inclinó haciendo una leve reverencia. Él le puso una mano en su cintura mientras, con la otra, le cogía la mano entrelazando sus dedos. Ella puso su mano libre sobre el hombro de él y, sin dejar de mirarse a los ojos, comenzaron a bailar.

—¿Sabes que eres la más hermosa de la fiesta, cosita? No sólo de la fiesta. De todo el reino.

—Eres un exagerado. Seguro que me dices todo eso porque me quieres meter en tu cama —repondió con picardía mientras se mordía el labio por el nerviosismo.

—De eso nada. Lo que digo es la realidad. Sólo por cómo te miran me entran ganas de matar a todos los hombres de esta sala.

—En ese caso, yo debería matar a todas las mujeres. —Ambos se rieron a la vez.

—Dime, cosita, ¿está todo a tu gusto?

—Bueno, la verdad es que me parece demasiado. No tenías que haberte molestado.

—¿Vas a cuestionar las decisiones del rey? —preguntó con una caja levantada, a lo que ella se volvió a reír —. Tú eres mi cosita y no voy a permitir que te falte de nada. ¿Entendido?

—Sí, ma-jes-tad. —El se rio con esa ocurrencia. Disfrutaba cada segundo que pasaban juntos y estaba deseando poder quedarse a solas con ella.

—Parece que te lo estás pasando bien en la fiesta.

—Sí, es verdad. Al principio estaba muy nerviosa, pero Peter ha sido de gran ayuda.

—Espero que esté cuidando bien de ti.

—Sí. Está haciendo un gran trabajo, aunque yo preferiría que fueras tú quien me acompañara.

—Lo sé, cosita. Pero ahora mismo tengo muchos asuntos que atender. Ten paciencia. Pronto acabarás harta de mi.

—Eso nunca.

Y ambos se volvieron a reír.

La pieza se terminó y se separaron muy despacio. Ninguno de los dos quería que ese momento terminara y se quedaron quietos, mirándose a los ojos. Por suerte, Nicolae acudió al rescate.

—Señor, no creo que sea justo para los demás que acaparéis a la Condesa. Los demás también queremos bailar con ella.

—Tienes razón, Nicolae. Estoy desatendiendo a mis invitados, pero creo que es a ella a quién le debes preguntar.

—Tenéis razón, señor. Condesa... —dijo mientras le tendía el brazo.

—Será un placer, Nicolae.

Se volvió hacia el rey, se despidió de él según el protocolo y, acto seguido, tomó el brazo de Nicolae para dirigirse de nuevo a la pista. Mientras se preparaban para bailar, se volvió hacia Drogo que estaba rodeado de personas. Éste se giró hacia ella, le dedicó una sonrisa y un pequeño guiño y se volvió para atender a sus invitados.

EL REINO PERDIDO. PARTE I (TERMINADA)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora