El rumbo de las cosas

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1. El bebé.

2. Devolverle todo lo que perdió.

3. Cumplir cada promesa que le haga.

4. Cuidarla.

5. Nunca dejarla sola.

Ya iban cinco cosas en la lista. Cinco cosas que cumpliría si o si. Debía de hacerlo y punto.

Hace dos días había sucedido el desmayo de Christina. Durante el fin de semana anterior se podría decir que tuve un encuentro conmigo mismo o con mi parte coherente y responsable. Y definí parte de lo que iba a suceder, que debió de suceder hace tanto. Se lo había dicho al Dr. Shore aquel día. No quería que nada les pasará, por tanto, tenía muchas cosas que hacer. Y las haría bien.

Solté el aire en mis pulmones, era un lunes por la mañana. Ocho y media de la mañana si mal no recordaba la hora que estaba en el reloj del microondas. Alineé el tenedor derecho con el plato, que estaban sobre la bandeja. Se veía bien, o eso trataba que hicieran.

Solté de nuevo el aire en mis pulmones mientras escaneaba nuevamente el charol con el desayuno, todo tenía que estar en orden. Luego de colocar unas servilletas extras lo tomé en mis manos. Caminé hacía el pasillo mientras pensaba que quizá si no fuese músico, sino un estudiante universitario, posiblemente haya acabado con un trabajo de medio tiempo como camarero ya que ni una sola gota del jugo de naranja se había derramado.

Negué.

Mis pensamientos suelen divagar de vez en cuando. O casi siempre.

Me detuve frente a la habitación al final del pasillo, la habitación de Christina. Cuando estuve a punto de tocar su puerta, me detuve. Esta se encontraba ligeramente abierta. No me sorprendí, una de las normas que la Sra. Norgh nos había dicho era que es preferible que las puertas de la casa no tuvieran seguro.

<<Cualquier tipo de emergencia o lo que se suscite. Es necesario dejar espacio libre para ayudar al otro a ayudarnos>>

Si lo pensaba tenía completa razón, bueno, ella sabía lo que decía.

Con la charola en la mano me volteé parcialmente. Empujé con la cadera la puerta para así poder entrar. Mis habilidades de mesero. Me quedé quieto unos pasos más allá de la puerta, en medio de la habitación.

Veía su pequeño cuerpo sobre el colchón. Este subía y bajaba al compás de una relajada respiración. Estaba de espaldas, yo veía su espalda. Un suéter de color rosa, parecido al pelaje de un peluche, le llegaba hasta más debajo de la cadera. Unos pantalones jean y sus pies cubiertos con medias a rayas, como las de los payasos. Sonreí ante ello, o quizás al ver su cabello sobre el colchón. Era bastante largo y en ese momento estaba lacio, quizás causado que había pasado acostada. Su cabello le llegaba hasta unos escasos centímetros antes de la cadera. Su color era castaño oscuro aunque podía asegurar que había algunos mechones un tanto rubios.

Su brazo izquierdo abrazaba una almohada colocada en su pecho, apretándola hacía sí. Quizás probablemente dormía así, bueno dormía así.

Noté que su pequeño cuerpo seguía moviéndose relajadamente, debía de estar dormida. Aunque sabía que se había levantado. Su cama estaba tendida y sabía bien que lo llevaba no era su pijama.

Coloqué el charol en la mesa de noche, al lado de su cama. Aún era temprano y ella debía de descansar. La contemplé por un par de segundos antes de salir de su habitación.

.

Pasé bajo el dintel de la puerta mientras trataba de desdoblar la manta que estaba en mis manos.

La Embarraste Payne, está embarazadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora