Me siento cansada, pero por primera vez en bastante tiempo, no mentalmente.
Siento los pies demasiado pesados, cada pisada cuesta más que la anterior. Soy como un bebé dando sus primeros pasos, y aquel pensamiento no hace más que levantarme aún más el buen humor.
No me detengo, no sólo porque no tendría dónde parar, sino porque cada metro que hago es un nuevo paisaje para descubrir. El viento, gélido como él sólo quiere, golpea mis mejillas ya rosadas y las tiñe un poco más. Me ayuda con los mechones rebeldes sobre mis ojos y los levanta con cada caminar al ritmo de un baile que me permite a mí misma marcar.
¿Cómo podría sentirme mal mirando al cielo? No hay un solo detalle que dé lugar a la tristeza. Creo que es imposible que alguien se deprima ante un celeste pastel con pinceladas de nubes duraznos, demasiado hermoso. Y es que hasta aquellos plátanos, con sus miles y miles de ramas peladas y pequeños redondelitos de adorno, no hacen más que mejorar el ambiente con sus siluetas negras contra la dulzura del cielo.
Siempre pienso lo mismo, me encantaría poder pintar esos infinitos paisajes diarios dignos de admirar, pero que no todos levantan la vista para hacerlo.
A veces querría poder grabar todo lo que pasa por mi cabeza en momentos como este, antes de que las palabras se me escapen entre pasos sin apuro y el viento que pasa de largo.
Antes de darme cuenta, dejo de caminar, llego a mi hogar y me dejé la cabeza en las nubes.
ESTÁS LEYENDO
Mariposas doradas
ContoPensamientos, escritos, microrrelatos y todo aquello que no tenga lugar propio. [Ilustración de Peter Xiao, peterxiaoji en Instagram]
