Cuando, años atrás, las cosas malas sucedían, solía tener pesadillas; no sobre lo que vivía, sino sobre lo que temía. Eran bastante recurrentes y me atacaban durante varias semanas seguidas incluso.
Recuerdo que, en uno, las calles se volvían de lava ardiente y yo quedaba separada para siempre de mis papás, quienes me miraban desde otra vereda. Imaginaciones sin sentido de una niña, pero que demostraban mi miedo a perderlos.
En otro, las personas simplemente pasaban desapercibida mi presencia, dejándome sola y gritándoles a todos que me escucharan. Con un tipo de sueño distinto al de ahora, además debía lidiar con el gritar dormida. No eran las mejores noches.
Supongo que, luego de varios años, naturalicé todas esas preocupaciones. Y, con ellas, se fueron los miedos nocturnos. Ya se volvió parte de mi vida cotidiana el aceptar que cualquier día perdería a mi mamá. La sensación de no tener voz, bueno, digamos que la acepté.
El problema es que, últimamente, las pesadillas regresaron. No como antes, por lo menos.
Ahora se trata de cosas que no puedo ver pero sí percibir. Figuras oscuras y pesadas que me observan e incitan a ser observadas.
Como anoche.
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Mariposas doradas
Proză scurtăPensamientos, escritos, microrrelatos y todo aquello que no tenga lugar propio. [Ilustración de Peter Xiao, peterxiaoji en Instagram]
