Hay días (o incluso momentos) en los que me miro al espejo y me siento inundada por un amor hacia mí misma como ningún otro. En esos momentos me siento hermosa, invencible, me gusta lo que veo y realmente me quiero. Usualmente nada puede tirarme abajo cuando me encuentro así, y es sin duda un sentimiento más que placentero.
Mirando a la niñez, durante muchos años no me importó para nada lo que dijeran de mí. Yo actuaba tan energética como quisiera, me movía sin importar que lo hiciera mal y me vestía como más me gustaba.
Luego, durante la preadolescencia, aparecieron los estereotipos y las críticas. Moscas zumbantes que vuelan molestamente sobre tu cabeza y, si las dejas, dicen que podrían meterse en tus oídos. Comencé a verme ancha, la ropa se veía mal en mí y me avergonzaba de mostrarme. Recuerdo esa sensación de asco cada vez que me veía en fotos.
Aunque con los años se fue atenuando, siguió ahí. Supongo que, a lo largo de estos últimos meses, empecé a aceptarme tal y como era, de a piecitas chiquititas.
Un día miré mis piernas y no sentí repulsión. Otra vez, descubrí que sí me gustaban mis brazos. Mi pelo de color y forma indefinidos es más asombroso de lo que creía. Incluso, encontré que amaba esa rara desproporción de partes huesudas, musculosas y redonditas de grasa en todo mi cuerpo.
Viene de a olas; y como tal, así como viene, se va.
Pero yo permanezco en la costa, esperando el regreso de esa cálida emoción.
Dios, qué bien se siente amarse.
ESTÁS LEYENDO
Mariposas doradas
ContoPensamientos, escritos, microrrelatos y todo aquello que no tenga lugar propio. [Ilustración de Peter Xiao, peterxiaoji en Instagram]
