Para el antaño relojero, somos las piezas de un juego. Constantemente elige a alguna de nosotras, figuras etéreas, y nos arroja a su tablero llamado vida. Partimos todas desde la misma línea, mas el camino por recorrer es distinto para cada una.
No podemos detenernos, no nos deja estancarnos. Siempre cambiando, siempre creciendo.
Pero nosotras no queremos adolescer.
Nosotras no queremos adolecer.
El relojero suelta una carcajada de años, y decide jugar sus cartas —algunas de nosotras son esas cartas, siempre utilizándonos a su antojo—. La promesa del júbilo.
Nos tiene emocionadas, con nuestras penas olvidadas mientras pensamos en lo maravilloso que sería no tener penas. Nos ofrece algo mejor, algo que nos sigue repitiendo que nos hace falta.
Y nosotras, simples insectos atraídos por la luz, asentimos eufóricamente y nos empeñamos por adolescer para alcanzar el júbilo.
Y él se encarga de recogernos cuando llegamos al otro extremo del tablero y caemos.
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Mariposas doradas
Historia CortaPensamientos, escritos, microrrelatos y todo aquello que no tenga lugar propio. [Ilustración de Peter Xiao, peterxiaoji en Instagram]
