Este invierno me dediqué a pensar. A unir las palabras rebeldes que corrían como ríos veloces entre mis pensamientos. A sujetarlas lo más fuerte posible y no soltarlas hasta encontrarme en mi hogar, con una hoja en blanco y un lápiz o un teclado.
El calor ya empezó, y consigo, se llevó los lindos ocasos multicolores que encendían las lamparitas en mi cabeza. Pero hoy volvió.
El cielo se tiñó una vez más con sus tonos cálidos preferidos, se decoró con pinceladas inexpertas pero hermosas entre nube y nube.
Una fumarola de nubes durazno viaja con el compás de la Tierra como una vieja locomotora, próxima a su estación para finalizar el viaje.
Y yo me apuro, corro los peldaños de dos en dos para llegar a tiempo, y disfrutar de la hermosa transición hasta el espectáculo final, con las últimas nubes rosas que se despiden. Ellas dejan paso al gigantesco gris que no es gris, que es todos los colores y no es ninguno.
El gran pájaro desciende en un vuelo perfecto desde la cima del árbol más alto.
El espectáculo terminó.
Verano, por favor, termina pronto que extraño mi mente de escritora.
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Mariposas doradas
Historia CortaPensamientos, escritos, microrrelatos y todo aquello que no tenga lugar propio. [Ilustración de Peter Xiao, peterxiaoji en Instagram]
