Qué loco, ¿no? Ya debe ser la décima vez en un par de días que, mientras estoy haciendo algo, me detengo a pensar en lo mucho que extraño escuchar música mientras viajo.
Extraño estar sentada con la cabeza apoyada contra el frío vidrio, o en el asiento del medio, con un antebrazo contra cada respaldo delante de mí, o de copiloto, donde llego más fácil a la radio y no tengo que pedir que alguien más pase cinco canciones seguidas porque esa no es para ahora. Lo extraño porque, en cada uno de esos lugares, iba a tener mi música favorita sonando y acompañando el viaje.
Cualquier recorrido ordinario se volvía mágico con algún bajo o coro, de esos que sólo los notás con unos buenos auriculares o en los parlantes del auto, no fuerte, pero sí a un volumen en el que las notas resuenan a tu alrededor y casi podés sentirlas dentro tuyo.
Quiero volver a tener que sentarme allí y entretenerme cantando, tarareando bajito las partes que no me sé, marcando el pulso con mis manos contra mis rodillas o el borde de la puerta, comentando qué es lo que amo de esa canción que probablemente conozca más el interior del auto que el exterior, y, más que posible, hartando al resto de personas ahí dentro.
En definitiva, extraño el sentimiento que produce escuchar a ese artista que amás mientras el mundo viene y se va al otro lado de la ventana.
ESTÁS LEYENDO
Mariposas doradas
ContoPensamientos, escritos, microrrelatos y todo aquello que no tenga lugar propio. [Ilustración de Peter Xiao, peterxiaoji en Instagram]
