Por circunstancias sin importancia, terminé en un ascensor. Una caja metálica desalineada que me metió en un agujero atemporal.
Sus paredes grisáceas, gruesas y pesadas se encontraban sucias. Mi propio reflejo resultaba una imagen distorsionada e incompleta, y eso podría evitarse si el ascensor contara con un espejo. Pues no, no lo hacía.
A mi derecha, una pantalla no más grande que una tarjeta de crédito indicaba el piso. El número era grotescamente grande, con un blanco muy brillante y una variedad de azules y otros colores que no combinaban en lo más mínimo. Detrás del 0 —que pronto cambió a 1—, un fondo digital gritaba 2000 por cada pixel.
La música era la cereza. Era una pieza de música clásica. Una orquesta entera podía escucharse, cada instrumento destacando a la perfección, pero siendo parte del todo. Algo dentro de mí decía que se trataba de una obra italiana, ¿por qué? no tenía idea.
Cerré por unos instantes los ojos y me dejé transportar a un teatro color caoba con las más bellas arañas doradas iluminando desde lo alto. Más de cincuenta músicos se movían en sincronía, haciendo una danza de madera, metal y trajes negros. Sobre una tarima, el director, un hombre alto y con vestimenta más impecable que la del resto, dibujaba melodías en el aire con sus manos enguantadas.
Una voz, y luego otra a destiempo —pues la tecnología no era lo de ellos, claramente— anunciaron mi llegada al piso. Salí de aquel extraño bucle temporal y regresé a mi siglo.
ESTÁS LEYENDO
Mariposas doradas
Short StoryPensamientos, escritos, microrrelatos y todo aquello que no tenga lugar propio. [Ilustración de Peter Xiao, peterxiaoji en Instagram]
