Tercer trimestre de embarazo: Semana treinta y dos.
Cuanto más tiempo pasaba, Mia más adelgazaba, ya no sólo sus huesos sobresalían de su lechosa piel, sino que fue perdiendo el color a cada minuto, hasta lucir como un cadáver todavía andante pero de seguro no vivo por mucho tiempo. Gian estaba entrando en pánico con ver la cantidad de cuentas que tenía amontonadas, estaba desesperado, miraba al cielo en busca de una salida, de una bendición que le iluminara la vida para sacar a su hermana de su situación antes de que ocurriera alguna tragedia.
La comida escaseaba, el pago de la renta se había atrasado, habían deudas por doquier y no cabía duda alguna de que parecía ser que los hermanos habían recibido una maldición por parte del todopoderoso. Pero un día, un rayo de luz cayó sobre ellos permitiéndole a Gian encontrar la esperanza en medio de una sonrisa.
—Ya llegué Mia —proclamó el castaño mientras cerraba la puerta y dejaba su abrigo sobre el perchero— Y te traigo buenas noticias.
La niña sentada en el sillón con la cara demacrada y huesuda, tragó en seco con la tortuosa respiración que quemaba sus pulmones. El aire comenzaba a faltarle ya, cualquier movimiento la dejaba agotada y sin duda alguna no podía pensar en sonreír. La preeclampsia, originalmente la hubiera hecho subir de peso, pero en su lugar, Mia evitó a todo poder que un sólo kilo estirara su blanca y ahora gélida piel.
—¿Qué crees? —sonrió su hermano mientras tomaba asiento frente a ella inclinándose sobre sus rodillas— Conseguí un trabajo como mesero en un restaurante en el que Viviann trabaja. Con algo de suerte, tendré todo para llevarte a una consulta médica y comprar más suplementos al igual que comida —anunció con emoción mientras le dedicaba una sonrisa— ¿No estás feliz?
—¿Feliz de verme como un monstruo Gian? —masculló la menor lanzándole una mirada de desprecio, el castaño suspiró.
—No es para que te pongas así Mia. Entiendo que estás muy cansada y que tu pérdida de peso no es normal, pero no he recolectado aún el dinero para esa consulta y... —guardó silencio en cuanto la voz arrastrada de su hermana llegó a sus oídos.
—Sólo quiero que esta cosa esté fuera de mi cuerpo —murmuró entre dientes con el mayor desprecio que se pudiera tener hacia una criatura.
—En unos meses podrás hacerlo. Mientras tanto necesito llevarte con un médico indudablemente —musitó pensativo y angustiado el castaño que revolvió su cabello con frustración— Descansa. Tengo que salir un momento antes de comenzar a trabajar los dos turnos —se dispuso a erguirse sobre sus piernas para abrazar a su hermana y subir las escaleras con pesar.
Las cosas parecían ir mejorando, con el paso de los días, Gian fue acumulando con el poco sueldo que le daban, los restos de la cuota que necesitaba para pagar la consulta de Mia en un hospital, la cual sería programada más pronto de lo que se imaginaba.
Dos vidas dependerían de una decisión suya, una de ellas, posiblemente no resistiría.
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Tercer trimestre de embarazo: Semana treinta y cuatro
Era una mañana de domingo cuando Mia despertó, gritando con dolor, sintiendo cómo sus adentros se desgarraban como si trajera cuchillos atravesando sus vísceras y perforando su carne, se removía en la cama una y otra vez suplicando porque ese dolor se aliviara, cuando de repente, sintió que todo regresó a su sepulcral navidad.
Había estado sintiendo aquellos dolorosos cólicos desde hacía un mes, no soportaba ya el dolor que se disparaba en su espalda baja, no soportaba ya las contracciones y las patadas que esa criatura le estaba proporcionando. Deseaba morir en ese instante, que bajara el mismo Dios y le sacara esa criatura sin decoro.
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Broken
Ficción General[HISTORIA DESTACADA DEL MES DE JULIO EN EL PERFIL OFICIAL DE @FicciónGeneral_ES 1-1-7-19] Tras quedar embarazada y desamparada en una ciudad nueva, Mia afronta los fantasmas de su pasado mientras sale adelante por su hijo de cuatro años, con la ayud...
