Capítulo 44. Repulsión.

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Tercer trimestre de embarazo: semana treinta.

Más tiempo pasó y llegó el tercer y último trimestre de embarazo para Mia, quien sentía repulsión hacia su propio cuerpo, su ahora demasiado abultada barriga, le impedía moverse con facilidad y más por la debilidad en su cuerpo, pero cuando Gian quería preguntarle el porqué de su rápido adelgazar, la muchacha inventaba cualquier excusa para eludir el tema y no responderle con nada más que simples «cambios hormonales» que nunca terminaron de convencer al castaño.

Aún así, aún y que tuviera sus dudas con respecto a esa excusa tan acelerada, el castaño no tenía el suficiente dinero como para pagar una consulta tal y como se debía. Llegaba exhausto al departamento siempre con la cabeza gacha al no encontrar trabajo, se lamentaba al ver que la comida escaseaba de vez en cuando y no había dinero para pagarla.

Incluso sin querer hacerlo, aceptaba la ayuda de su novia Viviann, quien le hizo saber todo el tiempo que los apoyaría aunque él no quisiera. En su mente, Gian quería conseguir todo lo necesario para él y para su hermana para que en un futuro, cuando tuviera su propia familia se hiciera responsable y pudiera manejar lo que fuera.

Pero nunca imaginó que para llegar a esa etapa de su vida —en donde fuera totalmente independiente—, habría un largo camino qué recorrer y muchas adversidades qué enfrentar. El dinero no sólo debía obtenerlo, debía ganárselo, con trabajos dignos desde luego. En toda su vida pensó que terminaría haciéndose cargo de su sobrino a tan sólo diecinueve años de edad.

Estaba por volverse loco

Las cosas parecían empeorar de poco en poco, ya todo parecía venirse abajo y Gian no hallaba ninguna salida, pensaba que necesitaba encontrar una pronta solución o todo llegaría a su fin en esos mismos días. Necesitaba con urgencia encontrar algún trabajo que le ayudara con los gastos hospitalarios de Mia y su bebé, para que cuando naciera, éste pudiera hacerlo sin problemas de por medio.

Mientras tanto debía pensar en algo pronto. El empleo era casi imposible de conseguir, no sin experiencia, la preocupación crecía cada vez más en sus adentros, carcomiendo hasta el último órgano de su cuerpo. Estaba desesperado.

Gian miró con preocupación la poca cantidad de dinero que tenía en sus manos y suspiró al estar enterado de que eso no le alcanzaría para absolutamente nada de los gastos de Mia. Su novia Viviann le dedicó una sonrisa apenada que buscaba hacerle sentir mejor mientras lo veía angustiarse poco a poco con cada vez la escasez de dinero que estaba sufriendo.

—Calma, todo va a estar bien —le susurró la muchacha mientras tomaba en sus manos el rostro de su preocupado novio— Ya verás que conseguirás el dinero. Mientras tanto, debes cuidar a Mia, sabes que ella ha estado con ideas demasiado peligrosas desde que se enteró del embarazo. 

—Estoy preocupado por ella Viviann —musitó el castaño con ojos pañosos hacia su novia, la cual le acarició la mejilla con dulzura— He notado a Mia demasiado delgada, tengo la sospecha de que no ha comido nada en estos meses y me estoy preocupando gravemente, porque si tenemos una emergencia no tengo cómo costearla.

—Eso no es problema, sabes que yo te puedo ayudar —renegó la castaña anclando sus hermosos ojos azules sobre los del castaño que no cambió de expresión en ningún momento, ni siquiera con las palabras de su novia— Lo que sea que esté pasándole haremos lo posible por ayudarla a salir de ello lo más pronto posible. Sólo quiero que te relajes, ya llegarán las oportunidades —sonrío aquella joven con el talento de transmitirle paz al castaño que no pudo evitar sonreír recordando a su abuela.

—Siempre eres tan dulce como solía serlo lo abuela. Gracias Viviann, en verdad te amo, pero no sé si podría ser capaz de pedirte algo como esto, no tienes que hacerlo —la universitaria se paró sobre la punta de sus pies hasta alcanzar los labios del mayor y atraparlos en un beso tierno de empatía.

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