Comienzas a ser mío

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– ¿Lo mataste?

Lo mate…

– Eso no importa. – digo, tratando de apagar ese sentimiento angustiante que se forma como un nudo en mi pecho. Noto que mi pulso enloquece, mientras paso al lado del cadáver de esa persona. Al bajar la mirada, veo que entre sus dedos hay una argolla dorada en su dedo anular.

Paso las manos debajo de los brazos del Jefe, tiro de el con todas mis fuerzas y lo apoyo contra la parte trasera del sofá. Me observa con los ojos entrecerrados, llenos de desconfianza. Por alguien como el, esta noche una persona perdió a su compañero de vida. Por el, por alguien tan insignificante, y por que lo salve.

Desabotono un botón de su camisa y empujo la tela a un lado, para revisar el interior y ver su herida. No es grave.

– ¡Kevin! – Suzanne sale disparada a la sala de los guardias. Tiene que pedir refuerzos por si ellos tienen más gente esperando. Quizás al ver que no regresan sus amigos decidan entrar para terminar con el trabajo.

Recuerdo las palabras de Misty, puede venir alguien mucho peor que el Jefe, y tomo una decisión. Se lo que tengo que hacer.

– Voy a sacar la bala.

Voy a salvarle la vida al Jefe.

– Levántese – Digo, poniéndome de pie.

El Jefe se queda mirándome, todavía con su expresión de desconfianza en la cara. Me observa sombríamente. Siempre se ve confiado en si mismo. Supongo que debe ser así de fácil cuando tienes sometido a todo el mundo en esta casa gracias al poder que te da tu título.

– Le dispararon en el brazo, no en las piernas.

Giro, buscando a Suzanne y la veo venir a nosotros sacudiendo sus brazos. Esta completamente histérica. Se sienta a mi lado, llorando, y le agarra de la cara a su novio.

– No encuentro a Kevin, amor. ¡Por favor, resiste!

Casi tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no rodar los ojos.

– Agarra su brazo, Suzanne – le digo pasando mi propio brazo debajo de su cintura y tirando de el para que se ponga de pie. Si llega a venir alguien más no pienso hacer nada. Es mejor que nos pongamos en marcha. – Vamos a llevarlo a su habitación.

– Tu no iras a la habitación de Stephen. No tienes autorización.

Y agradezco todos los días por no ser una de las elegidas. No necesito que nadie me recuerde de ese privilegio que estuve teniendo hasta este momento.

– Voy a retirar la bala de su cuerpo, Suzanne. ¿O lo harás tu?

– ¿Y tu que sabes de eso?

Estudia mi rostro, analizándome de arriba abajo y, de pronto, me hace recordar a aquellos primeros días en esta casa, cuando todavía era para ella una niña adinerada. Me estremezco y casi suelto al Jefe. De solo recordar que me hizo imposible la vida en los primeros meses me hace querer olvidar todo y dejarla.

– ¿Importa? Solo puedo hacerlo.

Entre las dos lo ponemos de pie y lo arrastramos rápidamente en dirección a los ascensores. Suzanne me indica la clave para acceder a su piso. El jefe cae de espaldas en la cama, empujado por mi, y la sangre no tarda en manchar sus sábanas blancas. Sus ojos no me dejan de mirar como si fuera una intrusa.

– Suzanne, la sangre te da impresión. –Le advierto para que no entre y sea un estorbo.  – No te acerques. Vete.

Rápida, voy desabotonando su camisa y la abro por completo. Una delgada línea de sangre corre desde su hombro hasta su ombligo. Levanto sus brazos para sacarle los gemelos y tironeo la camisa debajo de su cuerpo, sin piedad. El Jefe aprieta los labios para evitar soltar un sonido y respira hondo.

MENTIRAS CRUELES: Yo Soy TuyaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora