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Federico regresó a la Plantanal, pero no pudo irse a la casa de inmediato. Es más, se tardó demasiado. Sabía que él y Cristina tendrían una conversación definitiva ese día y que lo que se dirían allí marcaría su historia para siempre.
Cristina, tratando de no pensar, se fue a la escuela donde estaba con los niños hasta alrededor de las cuatro de la tarde cuando, marcada por la decepción, regresó a casa. Ella trató de no buscar rastros de Federico esa vez, estaba cansada de crear expectativas y, después de tomar una ducha rápida, subió a su habitación.
Cuando abrió la puerta, se encontró cara a cara con Federico, saliendo del baño en una toalla. Los dos se miraron por unos segundos, pero ella sostuvo su mirada por más tiempo, de manera constante. Se acercó al closet de donde sacó la ropa interior y se la puso, y luego los pantalones. Ella caminó hacia el centro de la habitación y, de espaldas a él, con la mano en la cabecera dijo:
— Qué curioso encontrarte aquí, duchándote, poniéndote ropa. Pensé que esta ya no era tu habitación ya que no has estado aquí en dos días. — Dijo ella, mostrando que estaba molesta.
Terminó de vestirse en silencio, no tenía mucho valor para enfrentarla. Ella siguió:
— Pero quizás tu problema con la habitación fuera mi presencia en ella, ¿verdad? Después de todo, cuando yo no estaba aquí, entraste a ella. A lo mejor mi presencia es demasiado desagradable para ti, así que me estás evitando. — Mucho dolor apareció en su voz cuando dijo eso.
— No hables así, Cristina. — Le pidió Federico. — Te dije que necesitaba algo de tiempo.
— ¡Por supuesto! — Ella se puso furiosa. — ¡Tiempo lejos de mí! ¿Qué te impedía mirarme y hacer que solucionáramos las cosas? ¿Te pareció más valiente huir? Déjarme aquí sola ayer, pasar una noche al lado y esta noche, ¿Dios sabe dónde?
— No soy perfecto, Cristina, sabes que no lo soy... — se justificó Federico.
— ¡Y yo nunca esperé que lo fueras! Pero quería hablarte, explicarte y te negaste a escucharme, me dejaste sola, pensando lo peor. — dijo llorando.
— No... Por favor no llores, Cristina. Tú tienes la razón. Vamos a hablar. — Dijo mirándola.
— Sé que debería haberte dicho que Héctor estaba vivo desde ese día. Pero fueron muchos cosas, Federico. — Dijo bajando los ojos y sofocando el sollozo.
— ¡Me sentí como una idiota, Cristina! Sentí que tú me convertías en un idiota. — Le confesó
— ¡Yo lo sé! Me preguntaba qué me dirías cuando lo supieras. Que tú habías hecho todo para yo no me sentira mal por la presencia de Raquela, que tú has actuando con transparencia y honestidad, mientras que yo...
Las palabras de Cristina despertaron el orgullo y la culpa de Federico. ¿Cómo pudo haber sido tan canalla con ella? ¿Por qué la había traicionado, por qué? Se censuró a sí mismo y se consideró un cobarde.
— No hables así, Cristina. Me puse loco! Es una locura imaginar que este hombre que tanto ocupaba tu cabeza ahora ya no es solo un fantasma. Es una presencia real y palpable. Él está aquí, está vivo y eso... — Dijo, arreglando su cabello, perdido.
— Federico él nunca fue tan irreal como ahora! Porque antes era el único hombre que yo idealizaba. Sí, siempre lo dijiste muy bien, lo idealicé. Pero ahora, para mí, ¡el único hombre real, concreto y tangible eres tú! Tú, maldito imbécil.
— ¿Imbécil? — Federico estaba sorprendido por la palabra agresiva.
— Sí, imbécil! — dijo ella acercándose. — ¿Cómo puedes no ver que te amo? ¿Que estoy desesperada porque no vuelves a nuestra habitación?
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Las sombras del pasado
Romance¡HISTORIA CONCLUÍDA! Una mujer, dos hombres. El pasado y el presente. Cristina es una mujer que tuvo la vida marcada por las pérdidas y el sufrimiento de que decidieran su vida por ella cuando era solo una adolescente. Años más tarde, se encuentra e...
