Cuando su coche decide prenderse fuego, Jill se queda tirada en mitad del desierto. Con suerte, batería y cobertura puede ponerse en contacto con Maddie que le da una solución.
N5, su banda favorita está de gira por EEUU y el padre de su amiga es el...
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― Lo siento mucho, señorita, no hay plazas disponibles en ningún vuelo a Los Ángeles ― dice la recepcionista en el aeropuerto.
― ¿Puede mirar otra vez? Es muy importante ― le ruego.
― De acuerdo ― suspira la señora ―. Nada, hasta mañana por la noche no hay ninguna posibilidad ― comenta tras volver a teclear en el ordenador ―. Y ahora si no le importa, tengo que seguir atendiendo – añade señalando la fila detrás de mí.
Vale, que no cunda el pánico, no llego a la firma, pero no pasa nada, Sam es un exagerado y seguro que consigue posponerla. Saco mi teléfono dispuesta a llamar a mi agente cuando veo tres mensajes, uno de Alan, otro de Dean y otro de Graham, sonrío como una idiota. Justo antes de bajarme del autobús ya en el aeropuerto (sí, al señor Smith le parece de lo más discreto ir con el autobús de la gira al aeropuerto, todavía noto miradas de odio de alguna fan loca en mi espalda) me han pedido el número de teléfono y claro, ¿qué iba a hacer yo? ¿Decir que no? Por favor. De Tom mejor no hablamos, no me volvió a dirigir la mirada en todo el viaje. Suspiro y vuelvo a la realidad, tengo que llamar a Sam y no lo puedo posponer.
― Dime que tienes ya el vuelo, por favor ― dice Sam al otro lado del teléfono.
― Pues la verdad es que no, parece ser que a todo el mundo le ha dado por viajar a Los Ángeles precisamente hoy y... mañana...
― ¿Cómo? ― pregunta ―. A ver si lo he entendido, ¿me estás diciendo que no puedes coger un vuelo hasta dentro de dos días?
― Hay uno mañana por la noche... ― murmuro.
― Claro, Jill, porque la gente no tiene otra cosa que hacer un domingo que ir a que le firmen un puto libro.
― Oye, no insultes a mi libro ― comento indignada mientras avanzo hacia la salida del aeropuerto y me choco con un hombre ―. ¡Uy, lo siento! ― le digo al señor ―. Sam, mira, sé que es una putada, pero ahora mismo no me veo capaz de conducir cuatro horas hasta Los Ángeles, estoy agotada y tampoco veo posible ir en autobús.
― Joder, voy a hablar con la librería a ver si no les importa hacerlo el lunes, pero no creo que sea posible. En fin, luego te llamo. Adiós.
Me despido y guardo el teléfono en el pantalón. ¿Y qué hago ahora? Tras pensar un rato, llego a la conclusión de que lo único que puedo hacer es coger un autobús que me deje en algún hotel y quedarme allí escribiendo, tampoco es un mal plan. La verdad es que no sé si tengo dinero en efectivo para pagar un taxi así que meto la mano al bolso para revisar mi cartera. No, por favor, no. Vacío el bolso en el suelo... no está, mi cartera no está. Lo que me faltaba, noto como la frustración hace que mis ojos se llenen de lágrimas mientras recojo todo lo que he tirado y me dirijo al señor de seguridad. Le explico que me han robado la cartera (gracias a dios que el pasaporte, el móvil, el portátil y la maleta siguen conmigo), el amable señor me toma los datos y me dice que si la encuentran me avisarán.