Cuando su coche decide prenderse fuego, Jill se queda tirada en mitad del desierto. Con suerte, batería y cobertura puede ponerse en contacto con Maddie que le da una solución.
N5, su banda favorita está de gira por EEUU y el padre de su amiga es el...
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Joe y yo entramos al hospital mientras Martin se queda en el coche buscando aparcamiento. Sigo a mi hermano sin prestar atención a lo que me está diciendo, tengo la mente en blanco, literalmente no estoy pensando en nada, podría decir que tengo un nubarrón de preocupación y nerviosismo dentro de mi cabeza. Vuelvo a la realidad cuando leo "Jacob A. Williamson" en el letrero de la puerta.
― Ya estamos aquí ― dice Joe.
― ¡Jilly!
Veo cómo mi hermano pequeño, un poco más alto que yo, delgado con los mismos ojos claros que los tres hemos heredado de mi madre y el pelo castaño claro un poco largo, se levanta de una butaca y me da un abrazo.
― Cuando me ves a mí no reaccionas así ― dice Joe con un puchero.
― Porque ella es la mejor hermana del mundo y tú un idiota ― contesta Zac.
― Toma nota, Joe ― sonrío ―. Yo también te he echado de menos, Zac.
― Bueno, ¿me dejas abrazar a mi hija? ― protesta mi madre. Zac me suelta y me acerco a abrazarla.
― A ti también te he echado de menos, mamá.
― Ella será la mejor hermana, pero yo soy el mejor hermano, no tienes más, así que tendrás que asumirlo ― murmura Joe.
― Supéralo ya ― le digo sacándole la lengua.
Oigo una tos y dirijo mi vista a la fuente del sonido y allí veo a mi padre. Está con los ojos cerrados y está conectado a un montón de cables. No ha cambiado mucho, está 15 años más viejo, pero sigue siendo él. Noto que mi madre me aprieta la mano para darme ánimos y me acerco a la cama con las piernas temblándome como si fueran gelatina.
― ¿Papá? ― susurro vacilante. Mi padre abre los ojos y me mira, parece que le cuesta enfocar, pero cuando me reconoce una sonrisa se le dibuja en la cara.
― Mi niña... ― Mis ojos se llenan de lágrimas y una presión se apodera de mi pecho haciéndome difícil respirar. Jamás he oído una voz tan ronca y débil ― Tenía mucho miedo... Necesitaba verte... al menos una vez más.
― Estoy aquí ― le digo cogiendo su mano entre las mías.
Cuando pestañeo mis lágrimas empiezan a correr por mis mejillas.
― Estás preciosa, Jill... No... no llores, mi niña...
Me enjugo las lágrimas con una mano para no soltarle la suya y me acerco para darle un beso en la frente. Cuando me separo veo que él también está llorando. La presión en mi pecho es insoportable, desearía poder gritar, tirarme al suelo y llorar como si fuese una niña pequeña con un berrinche. Pero me conformo con respirar hondo y limpiarle las lágrimas con cuidado.
― Papá, estamos todos contigo ― escucho a Joe al otro lado de la cama.
Noto una mano en mi hombro y alzo la vista para encontrarme con los ojos de Zac que me sonríe con tristeza.