El odio se arraiga hondo dentro de mí, a medida que los recuerdos van volviendo. Es como una enredadera que va creciendo a pasos acelerados, hasta cubrirlo todo. Cierro los ojos con fuerza y permito que las imágenes comiencen a socavar los ya debilitados cimientos de la poca cordura que me queda, solo para reafirmarme el porqué acabé en un hospital para enfermos mentales.
Me llevó un par de eternidades asumir lo que pasó aquella mañana, cuando regresé de pasar la noche en casa de mi mejor amigo y descubrí lo que había sucedido en mi hogar durante mi ausencia. Todavía suelo oír mi voz de entonces, gritando hasta rasgarse, suplicando por ayuda; rogando porque alguien viniera a despertarme, para que aquella maldita pesadilla acabara.
No ocurrió.
Nadie vino.
Pasaron horas hasta que fui capaz de mover mi humanidad hacia la calle, para pedir a un vecino que llamara a la policía.
Lo que vino después, fue una pesadilla peor que la de encontrar muertos a todos los que la tarde anterior había dejado vivos. Peor aun que el saberme irremediablemente solo.
Todo se fue a la mierda en cuanto los investigadores se enteraron de que, en realidad, no había pasado la noche con los Petraglia, que Nico y yo nos escabullimos para irnos de juerga con un par de muchachitas; cosas de adolescentes. Una simple travesura adolescente. Una estúpida travesura, que acabó poniéndome a la cabeza en la lista de sospechosos de los asesinatos.
Ni bien aquel abogado que me pagaron presentó testimonios sobre "mi desorden de conducta", al juez a cargo del caso no le hizo falta más para convencerse de que urgía encerrarme en una institución para enfermos mentales.
Las cosas se desarrollaron con tanta rapidez que, antes de que pudiera darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor —de lo que iba a pasar conmigo—, estaba recluido en una habitación del "Hospital Psiquiátrico Rawson".
Las primeras semanas, mientras era evaluado por los médicos, todavía conservaba la esperanza de que algún día me iría de tan espantoso lugar. Pero, con el correr del tiempo, se hizo más que evidente que nunca más me dejarían salir de aquí. Nunca más volvería a pisar la calle, como una persona libre.
Me quedé esperando que alguien viniera a visitarme. Ni siquiera aquel condenado leguleyo que debía velar por mis intereses apareció jamás. Fue entonces que me revelé, que intenté hacer ver a todos el error que se había cometido.
¡Qué idiota! ¿Cómo pude ser tan estúpido, tan iluso, como para pensar que iban a creerme? Ellos arreglaron todo medicándome, llenándome de drogas —¡que yo no necesitaba!—, para mantenerme tranquilo. Me convirtieron en una marioneta, que vagaba por los pasillos con la baba cayéndole por un costado de la boca y la mente totalmente extraviada.
Pasó todo un año hasta que comprendí que me iba a ir mejor si les jugaba el dedo en la boca, si les hacía creer que me habían sometido. Entonces, me convertí en el interno obediente, sumiso, presto a acatar las órdenes que se me impartían.
Para cuando cumplí mis dieciocho, la mayoría del personal encargado de atendernos me veía tal cual todos esperaban que fuera: un ser inservible, sin carácter; lo que se dice "un paciente modelo". Claro que, a esas alturas, yo contemplaba la fuga como una posibilidad que buscaría sin descanso; no tenía la más mínima intención de darles el gusto de verme morir aquí.
Sin embargo, escapar de este espantoso sitio no era tan fácil como me imaginaba.
Dos largos años pasaron, sin que nada cambiara en lo absoluto. Todos los jodidos días eran un calco exacto del anterior; todo se sucedía sin mayores alteraciones, más que el ingreso de algún nuevo interno. ¡Ni siquiera el maldito menú variaba! El domingo era mi preferido; servían carne asada con ensaladas y, de postre, una gran rebanada de pastel.
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Espejos rotos ©
Fiksi UmumLa verdad tiene muchas caras. Tantas, como personas hay involucradas en ella. Advertencia: La presente historia contiene material que puede herir la sensibilidad de algunas personas. Se prohíbe la copia y/o reproducción de esta obra en su totalidad...
