¿Por cuánto tiempo un hombre es capaz de soportar una amistad?
Paulo estaba solo por elección.
Alba en compañía por costumbre.
Un sueño. Una amistad de años. Un amor que nunca saldrá del mundo onírico.
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Primer libro de la Serie Frien...
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Caminaba por los pasillos del edificio, controlando que todo esté en orden para la reunión de consorcio que se efectuaría esa misma tarde. La gente se agolpaba en la pequeña sala del fondo de la planta baja. A él no le agradaban esas reuniones sinsentido, de gente que escondía sus prejuicios tras un trato cordial. Sin embargo, debía asistir, y hacia allí se dirigió mientras elevaba los ojos con frustración.
Pero había alguien que no cuadraba en esa pequeña multitud. Se acercó a paso lento, y cuando estuvo detrás de ella, apoyó su mano en el hombro intruso y la volteó suavemente. Unos ojos tan plateados como el cabello que no cuadraba en la reunión lo encandilaron. Quitó la gorra que lucía la chica, y el tiempo se detuvo en ese instante.
Esa era su vieja gorra. Y frente a él, Alba.
Despertó sobresaltado. El sol se negaba a salir esa mañana, y su televisor seguía encendido de la noche anterior. Se quedó inmóvil observando sin atención como los periodistas del noticiero matutino se reían de un mal chiste. Estaba volviendo a la realidad.
Nuevamente, todo había sido un sueño.
La mudanza no fue fácil, y a pesar de que ya habían pasado dos años, todavía se sentía nostálgico como si fuera su primer día en ese departamento. Se levantó sin ganas, acomodó su cama, apagó el televisor, y se puso su ropa de trabajo a pesar de que era domingo. Salió del pequeño departamento y cruzó el pasillo en dirección a la terraza de su edificio mientras encendía un cigarrillo.
Entre calada y calada, seguía preguntándose si había hecho lo correcto. La encrucijada de si pesaba más un sueldo dos veces mejor y un departamento más cómodo, o alejarse de la única mujer de la que se había enamorado, todavía le generaba escozor e incertidumbre.
Levantó la vista y observó el cementerio de Flores a lo lejos mientras arrojaba la colilla al piso, ya la juntaría después. Y es que así se sentía él. Muerto en vida. Solo por elección. Por cobarde. Por cagón. Y sobre todo, por impotente. ¿Qué podía hacer? Ella estaba enamorada, y no precisamente de él.
Por más que sus viejos amigos de Balvanera lo afirmaran, el tiempo y la corta pero tangible distancia se habían encargado de afirmarle que Alba no lo amaba, o que no estaba dispuesta a luchar para forjar un futuro con él. Sea cual sea el caso, ya era hora de empezar a olvidarla.
Pero era difícil si seguía experimentando el sueño del pasillo.
Elevó su vista al cielo, las nubes negras en el horizonte confirmaban la tormenta pronosticada para ese día. Definitivamente debía preparar la sala de espera de la planta baja para la reunión de consorcio de esa tarde, así que puso manos a la obra mientras refunfuñaba pensando qué consorcio en su sano juicio hacía esas juntas un domingo. Excusas van, excusas vienen... El único día que podían juntarse todos a discutir estupideces era el domingo al caer la tarde. En verano solían hacerlo en la terraza, y los días frescos o de frío extremo en el salón de usos múltiples. Pero dado que esa noche se celebraría una fiesta de cumpleaños, solo quedaba la opción de la pequeña sala de espera de las oficinas de la planta baja.