Capítulo 8

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Michael estaba por cerrar la puerta del motorhome y fue en ese momento donde cruzamos miradas. 

Y el tiempo se congeló.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. Y que la mirada de una persona, el cómo mira a los demás y al mundo que le rodea, dice mucho de la manera de pensar de alguien. Cuando dos personas se miran a los ojos y mantienen la mirada, se expresan el uno al otro gran cantidad de información, compartiendo un pequeño momento de intimidad.

Ambos sonreímos y mi corazón empezó a latir más rápido.

- ¡Hola Lía! - dijo mientras se acercaba a mi.

- ¡Hola! - alcancé a decir antes de quedar encerrada en su abrazo.

Esa sensación de quedar atrapada entre sus brazos me robó un suspiro y se sentía tan bien que no quería dejarlo ir. Su perfume invadió mi nariz y desde éste momento se convirtió en mi aroma preferido.

- ¿Cómo estás? - preguntó y yo sentí un pequeño vacío al separarme de él.

- Muy bien, de aquí para allá, teniendo un día de locos, pero por suerte estamos cumpliendo todo en horario, asique en estos momentos más tranquila - contesté - ¿Y vos?

Sabía que éste chico robaba suspiros y varias miradas en el paddock y ahora entendía el porqué. En éste preciso momento que lo tenía a centímetros, realmente podía apreciar su belleza. Si era lindo por fotos, en persona no había  palabras para describirlo. 

- Trabajando. Mi, en estos momentos jefecito, espera que le lleve las cosas. Sabemos que puede hacerlo solo, pero bueno... - respondió mientras revoleaba los ojos y ambos reímos - Que lindo encontrarte.

- Lo mismo digo, Michael.

Aproveché que me contaba de sus planes para observarlo en detalle. Era más alto que yo, según mis cálculos por más de 10 centímetros, su cuerpo estaba bastante trabajado y tonificado, sus ojos tenían una tonalidad especial: eran marrones, pero con la luz del sol se veían más claros. Sus pestañas eran rizadas, una fina capa de barba rodeaba su cara, la cual estaba adornada por varios lunares. Su sonrisa terminaba de completar el hermoso combo que era Michael Italiano.

- Estuve preguntándome cuando iba a cruzarme con vos. Esperaba que fuera pronto. Y se cumplió.

- ¿En serio? - cuestioné sorprendida.

- Así es - asintió sonrojándose - Disculpa mi atrevimiento que te pregunte pero, ¿ésta semana te quedás o te volvés a Mónaco?

- Me quedo acá. De paso conozco un poco Barcelona y sus alrededores. Voy a hacer un poco de turismo y aprovechar del tiempo libre - respondí - ¿Vos?

- También me quedo. Tal vez podemos salir a cenar un día de estos. Si no te molesta...

- Me encantaría - le sonreí. 

- Que bueno. Nos escribimos para ponernos de acuerdo - suspiró - Debo irme. El deber llama. Que estés bien, Lía.

- Igualmente Michael. Cuidate.

Se acercó para darme un abrazo de despedida y caminó al box de Ricciardo. Me quedé como boba mientras miraba como se alejaba.

De pronto, todos los ruidos a mi alrededor se intensificaron. ¿En que momento se había silenciado? Era una sensación de película.

De repente una pelota golpeó en mi pierna. Busqué a su dueño y a lo lejos vi a Charles que hacía señas de que le devolviera el objeto. Lo agarré con mis manos y me acerqué hasta donde estaba.

- ¿Por qué no lo pateaste? - preguntó mientras me miraba burlonamente.

- Sabes que el football no es lo mío. Era más seguro traerlo de esta forma así no le erraba. Ya veo que terminaba en la pista, causaba un accidente y vaya a saber que más... - le contesté mientras se lo arrojaba a los pies.

- Que dramática que sos - dijo riendo mientras se ponía a jugar con el balón - No vas a poder ayudarme a entrar en calor entonces.

- No, por suerte mi trabajo no incluye lo físico - contesté mientras miraba sus movimientos.

- ¿Qué hacías fraternizando con el enemigo? - preguntó con la vista en la pelota y abrí mis ojos sorprendida - Vi que estabas hablando con el entrenador de Ricciardo.

- ¿Tiene algo de malo? - lo miré seria.

- Es de otro equipo. No creo que sea correcto.

- Tengo contacto con más gente del paddock, Charles - empecé a caminar hacia el box al mismo tiempo que le respondía - Es también parte de mi trabajo. No sos el único con el que hablo.

No alcancé a escuchar su respuesta, pues me había enojado su comentario. No era necesario que hiciera eso, no conocía a Michael para hablar mal de él. ¿Desde cuando le importaba con quien hablaba? Nunca lo había escuchado decir algo así. Acaso ¿estaba celoso? Sacudí mi cabeza intentado despejar todo pensamiento extraño y me ubiqué en las sillas dentro del box. Tenía que concentrarme en las siguientes horas de trabajo.

No me sueltesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora