16 | Después del entrenamiento

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Draco estaba tosiendo, presa de unas incontrolables arcadas, con la cabeza inclinada hacia el retrete. Era muy entrada la noche, y, una vez más, las pesadillas lo habían arrancado de un sueño reparador. Jadeando, cuando las arcadas remitieron, tiró de la cadena y mantuvo el rostro apoyado en el brazo, colocado éste sobre el borde del retrete. Se sentía fatal. Apretó los dientes con fuerza y tuvo que contenerse para no emitir un gemido de frustración que despertase a sus compañeros de cuarto.

Estaba harto. Estaba cansándose de que su cuerpo lo traicionase, de que lo colmase de un nerviosismo, de un pánico, que no debía sentir. No debía tener pesadillas sobre convertirse en mortífago, no debía soñar con el cadáver de su padre, pudriéndose en Azkaban. No tenía que sentir miedo de cumplir su destino. Era un honor, un privilegio. Algo que ansiaba hacer, desde siempre. ¿Por qué su cuerpo se empeñaba en negarle vivir esa satisfacción?

Estaba agotado. Se dijo que las pesadillas se recrudecían cuando estaba especialmente nervioso o alterado. Y últimamente estaba condenadamente alterado.

Por Granger.

Esa estúpida sangre sucia había llegado a su mente para quedarse. Había invadido los recovecos de su subconsciente, y ahora se negaba a irse. No había vuelto a hablar con ella desde lo sucedido en el Círculo de Piedra, desde hacía casi tres semanas. No estaba muy seguro si era por vergüenza ante esa conversación que se le fue de las manos, por rencor ante la negación de ella de ser la culpable de lo que le sucedía, o porque era demasiado terco como para enfrentarla, pero se negaba a dirigirle la palabra. La había ignorado totalmente, ni siquiera la había utilizado, ni a ella ni a sus amigos, para divertirse con sus colegas. Había sido muy cuidadoso de que no se presentase una ocasión semejante, lo cual había sido relativamente duro, pues coincidían en muchas clases. Necesitaba alejarla de su mente, de sus pensamientos, de su vida.

Pero siempre estaba ahí. En las clases, sentada a apenas unos pupitres de distancia. En el Gran Comedor, en la otra punta de la enorme estancia, pero perceptible para el radar en el que se había convertido el cerebro de Draco. En la biblioteca, en un rincón, estudiando con sus amigos, los estúpidos de San Potter y la Comadreja. El Trío Inseparable. O con la Comadreja Junior, esa tal Ginny Weasley. Insufrible, y exasperadamente pretenciosa para provenir de una familia de traidores a la sangre. También, en ocasiones, los acompañaba una chica rubia de Ravenclaw, a la cual, si Draco no se equivocaba, llamaban Lunática Lovegood. No sabía su nombre real, y no sabía nada de ella. Tampoco le importaba lo más mínimo. Incluso, a veces, les acompañaba el cero a la izquierda del imbécil de Longbottom. Nada nuevo bajo el sol, Granger toda la vida había estado con esa chusma, de la misma índole que ella. Solo que, ahora, Draco se había fijado conscientemente en las costumbres de la chica. Aunque no se dirigiesen la palabra, ni siquiera una mirada, Draco la seguía teniendo jodida y desagradablemente presente.

Se frotó el rostro con las manos. Al parecer, el estrés que Granger le provocaba hacía que volviese a tener pesadillas. Era el colmo.

Se puso en pie, tiritando ligeramente de frío. Salió del baño, apagando el candil con luz tras él, rezando para no haber despertado a los demás. No tenía ganas de dar explicaciones ni hablar siquiera con nadie. Para su sorpresa, todos sus compañeros seguían dormidos. Incluido Nott, a diferencia de otras ocasiones.

Agradeciendo esa pequeña fortuna con que la vida lo recompensaba, se acercó al escritorio y llenó un vaso de agua fría, que vació después de un trago.

Disfrutando del líquido helado bajando por su irritado esófago, el chico desvió sus ojos hacia una de las ventanas, perdiendo su mirada en la verdosa luz que el lago emitía, arrancando destellos perlados al cristal del vaso. Era una luz muy sutil; imaginaba que habría una brillante luna en el cielo. Si no, no habría luz que atravesase las densas aguas, a esas horas de la noche.

Rosa y EspadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora